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/ 31 agosto 2025

¿SU BAÑO SERÁ CON AGUA Y HIERBA DE SALVIA O DE ORÉGANO?

Gabriel García Márquez es inagotable. No pocas veces se dice lo siguiente: “Cien años de soledad” es la Biblia latinoamericana. Acepta cualquier pregunta y usted tendrá una respuesta. ¿Buena o mala? Caray, no es cosa de balanza moral, sino de realismo mágico. No pocas veces entonces, me he referido en este espacio a las comidas y bebidas, la cuestión gastronómica en la obra del mago de Aracataca, Colombia.

El investigador, don Joseph de Arévalo quien habita la ciudad de México, seguido me manda mensajes y sugerencias de libros y lecturas para nutrir esta olla en la lumbre. Hoy no es la excepción. Con buenas y económicas palabras me ha dicho: “Maestro Cedillo, no solo para cocinar sirven las hierbas de olor. Como un postre, acabo de releer el cuento de García Márquez, ‘La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada’, lo invito a repasarlo como usted lo dice, en clave gastronómica. Saludos.”

Caray, gran descubrimiento. Claro, lo había leído no menos en dos ocasiones, pero hoy, bajo el palio y letras del Dr. Arévalo, lo releí milimétricamente subrayando las hierbas, las comidas, las bebidas y todo aquello donde se hace una comparación y como siempre, entre la vida toda (incluyendo, el cuerpo y sus humores) de un ser humano con la comida, los frutos de la naturaleza y su impacto en nuestra humanidad.

La abuela desalmada (la cual no tienen nombre, como la mujer de Lot en la Biblia) la cual explota a Eréndira sexualmente y la tiene como sirvienta personal por 20 años, en el relato toma baños lentos y morosos con agua de salvia y orégano. También de otras hierbas de las cuales no se dice su nombre. Cuando la escuálida y bella sobrina rentada como prostituta de pueblo en pueblo, cae enferma y a punto de la locura y del horror, la abuela le dice: “Lo que pasa es que estás débil. Anda, no llores más, báñate con agua de salvia para que se componga la sangre.”

En una de las dos ocasiones en las cuales el enamorado, el joven Ulises quiere matar a la abuela para arrancarle a Eréndira y llevarla al fin del mundo y ser felices, intenta quemarla viva. Explota la carpa donde ella estaba apoltronada, pero solo logra chamuscarla en varias partes del cuerpo. A lo cual la abuela le ordena a su sobrina la siguiente curación o remedio: “... el torso embebido de claras de huevo y el cráneo embadurnado de mostaza...”

Por cierto, la abuela solo come (la mayor parte del tiempo) cereal crudo el cual la tenía con una salud de roble y una complexión física de una “ballena blanca.” En la primera ocasión al intentar matarla, Ulises “compró una libra de veneno para ratas, la revolvió con nata de leche y mermelada de frambuesa, y vertió aquella crema mortal dentro de un pastel al que le había sacado su relleno de origen...”

Baños de salvia y orégano para “componer” la sangre. Eréndira, dice el narrador, tenía la piel del color de las naranjas. Bella como pocas.

Jesús R. Cedillo
por
Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete Premios de Periodismo Cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.
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