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/ 30 noviembre 2025

MANEJANDO

Un viaje común se vuelve una lección incómoda: no es el tráfico, somos nosotros y la prisa que llevamos dentro.

Me llegó el golpe de realidad, el estate quieto, sereno moreno, o la lección no solicitada. Igual a muchos aprendizajes de la vida, la lección llegó luego de ejercer la democrática soberbia. Te platico:

Voy encarrerado conduciendo La Potranquita desde mi trabajo en Saltillo hacia Guanajuato de Abajo, municipio de Ramos Arizpe; ahí me espera un refri cuyo contenido choca tanto con la enseñanza materna como con las recomendaciones de salubridad: una fanta de fresa y tres cervezas Indio, tortillas de harina, pastura y aderezos con miel para quienes nunca me visitan, pizza fría para quienes van regularmente por consejo o efectivo, un quesito barato que se ha pintado de azul por ranciedad y no por alcurnia como hacen los quesos finos, hay verdes limones agrios, una naranja que no sabré hasta pelarla si es ácida o dulce, y una ciruela cuyo color guinda se empieza a tornar en negro hasta convertirla en pasa.

Dejo atrás el último semáforo a la altura de lo que mi generación conoce como El Reloj de la Ford, calle Canadá para los entregadores de plataformas digitales, o la punta norte de la ruta recreativa. Ahí arranca mi martirio, y vaya que vengo bajando desde el centro histérico: rebasar por la derecha, acelerar, frenar, cambiar de carril, frenar de nuevo, testear el dizque turbo que un vehículo chino pueda tener, irme hasta la izquierda, ahora al centro, pasar tanto abuelitas al volante como a jóvenes señores que van sin prisa, dar un pequeño cerrón, escuchar la mentada de madre que me dedican desde el claxon, luego llegar al tramo de unos ocho kilómetros en dónde ese surrealismo mexicano que Dalí dijo era más loco que su delirante imaginación se encarna en política u obra pública: una serie de accesos e incorporaciones a la vialidad desde la izquierda, es decir, desde el carril de alta velocidad; a saber, en Soriana, en Campanares, en la estatua de Carranza y pasando las gasolineras de Ramos. Agrégale: más desviaciones o retornos también desde la izquierda que hacen del carril para rebasar una vía que por su velocidad asemeja más al estereotipo de burocracia que de progreso. ¿En serio existe algo llamado desarrollo urbano o vialidad que planifica esto?

De vuelta al tema: dejando de lado la logística gubernamental para que la experiencia de transitar ese tramo pase de pelear la pole position a regresar con vida a casa, toca la responsabilidad cívica de saber cómo manejar. Y es aquí donde se gesta el golpe de realidad.

Desesperado, encabritado y rendido, veo al pazguato que no frena ni acelera y se eterniza sobre el carril para rebasar que podría dejar libre si conociera el concepto de empatía; más adelante, tres autobuses de transporte de personal ocupan todos los carriles, sincronizados en lo que supongo es la velocidad gobernada de sus unidades, los paso casi por acotamiento frente a la patrulla destacada en conocido restaurante; luego toca un trailero que, aparte de haberse saltado las clases de física, pretende, con su pesada carga y poca inercia, adelantar al millennial del sedán que escucha a Krauze, Ruzzarín, o a la egresada de Harvard, dependiendo de su posicionamiento dentro del status quo.

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César Elizondo
por
Escritor saltillense, ganador de un premio estatal de periodismo Coahuila. Ha escrito para diferentes medios de comunicación impresos de la localidad.
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