Hola, amigos del vino.
Mientras revisaba unos archivos en el aeropuerto, listo para abordar un avión rumbo a los viñedos de Argentina, pensaba en la rapidez con la que este 2026 nos ha conducido hasta marzo, un mes clave para el hemisferio sur, donde comienza la vendimia. Nuestros amigos de Chile y Argentina inician la noble tarea de cosechar la uva y transformarla mediante el proceso de vinificación, una labor que es, ante todo, una expresión de pasión.
Los argentinos lo dicen bien: “Podrás cambiar de religión, de casa, de país o de auto, pero jamás podrás cambiar de pasión”. Y la pasión es precisamente eso: hacer las cosas con entrega absoluta. Esa intensidad vive en su futbol, en las letras del tango, en su gastronomía y, por supuesto, en sus vinos.
Es ahí donde comienza el romance entre la vid y el viticultor. Todo inicia con ese pequeño brote que aparece al final del invierno y que, tras cerca de 130 días de cuidado, se convierte en un racimo listo para vendimiarse. Ese fruto representa el resultado de meses de dedicación, paciencia y amor por la tierra.
En Argentina, el vino es motivo de orgullo nacional. Desde el 24 de noviembre de 2010, por decreto presidencial, fue declarado bebida nacional, y su máxima embajadora es la uva Malbec, variedad emblemática del país. Así como en Perú y Chile se reconoce el pisco, en Bolivia la chicha, en Uruguay el mate, en Brasil la cachaça y en México el tequila, Argentina honra al vino como símbolo de identidad.
Pasión sin límites
Las principales regiones vitivinícolas del país comienzan con la provincia de Mendoza, responsable de aproximadamente el 75 % de la producción nacional, destacando variedades como Malbec y Bonarda. Le sigue San Juan, donde el clima seco favorece uvas blancas como Chardonnay y Torrontés, esta última reconocida por sus aromas florales, frescura y carácter ligeramente abocado. Se recomienda disfrutar este vino bien frío para apreciar plenamente sus cualidades.
Otras regiones como Salta, Catamarca, La Rioja, Neuquén, Chubut y La Pampa también aportan su carácter al mapa vitivinícola argentino, enriqueciendo la diversidad de estilos y expresiones.
Y si hablamos de vino argentino, el maridaje ideal es, sin duda, la carne de res a la parrilla. Un buen asado, con su jugosidad, marmoleo y ese inconfundible sabor a campo, crea una armonía perfecta que deleita los sentidos. Es ahí donde entendemos que la vida se compone de estos momentos de felicidad auténtica.
Argentina es, sin duda, una tierra de pasión. Cada botella que se abre guarda una historia, una emoción y el alma de quienes dedican su vida a crearla.
Hasta la próxima semana.