Es deliberada la palabra “fin” en el encabezado. Pude escribir final o la finalidad de no querer dejarlo ambiguo. Hasta el último párrafo lo explico, pero antes, igual a cada año, primero te ofrezco algunos detalles sobre qué ver y escuchar el día de hoy, más allá de presenciar al recién multipremiado Bad Bunny durante el show de medio tiempo, un gesto lleno de significado dada la situación mundial reinante en cualquier ámbito.
Esta vez no hay sesudos análisis de los equipos: los halcones marinos de Seattle (Seahawks) lucen mejor que su contrincante en cada línea dentro del campo de juego: ofensiva, defensiva y equipos especiales. Y si alguien quiere comparar hombre contra hombre, también los Seahawks son superiores a los anteriormente habituales Patriotas en estas instancias. No debe haber sorpresa: Seattle va a resultar campeón si las cosas no se ponen raras.
Por supuesto que los Pats tienen esperanzas, la principal es común a cualquier logro en la vida: darse la oportunidad. Se han ganado el lugar, y tienen todo el derecho a luchar por levantar una vez más el trofeo Vince Lombardi. Su estrategia ha de ser muy clara: permanecer cerca en el marcador para tener una oportunidad hacia el final, tal como lo hicieron hace veintitantos años cuando vencieron a unos Rams que eran favoritos por dos anotaciones. Como punto de comparación, en esta edición los favoritos Seahawks son favoritos por menos de 5 puntos, es decir, nueve menos de lo que los Patriotas superaron para iniciar su dinastía.
En esencia ahí está el partido: Patriotas no puede estar debajo en el marcador por más de una anotación, ese escenario les deshace el plan de juego y obliga a su quarterback a poner en riesgo el balón, y en eso de ir contra la corriente no es tan mago como nos lo hacen parecer, él es un administrador de partidos, carece de la genialidad de Mahomes, Jordan o Maradona para echarse un equipo al hombro. Por el otro lado, el QB de Seattle, Sam Darnold, tiene un mal recuerdo de Nueva Inglaterra cuando al inicio de su carrera dijo ver fantasmas durante un partido donde su incipiente trayectoria parecía ir directo al fracaso. Seguro que la defensa de los Pats tendrá en mente aquella novatada y buscarán repetirla... pero no confíes mucho en eso.
Fuera del emparrillado, del medio tiempo y todo el oropel, vale la pena mencionar algo que escapa a los análisis deportivos pero cabe muy bien en una página del diario dominical: los dos equipos que hoy disputan el campeonato son organizaciones que encuentran el éxito en los fundamentos tanto deportivos como empresariales, es decir, entienden que el camino a la grandeza se cimenta desde abajo, fuera de reflectores y poniendo atención en lo que hace fuerte a un proyecto dentro de su competencia y no tanto en lo que lo hace atractivo o vendible hacia afuera. De ahí me regreso al título de la columna y primera línea de esta columna:
Tenemos años escuchando un estéril debate dentro de este apasionante deporte-espectáculo-negocio-cultura: que si Tom Brady hubiese sido lo que es sin la mano de su entrenador Bill Bellichick, que si Bellichick hubiera alcanzado un éxito sin contar con un jugador tan estudioso y disciplinado como Brady, que si hicieron trampa, que si los árbitros los ayudaban, que, que, que, que. Pienso que independientemente del resultado de hoy, que bien podría cerrar la historia tal como inició antes de aquel primer campeonato de Patriotas, el final del debate de quién hizo grande a los Patriotas encuentra la respuesta más cercana a la realidad: ni Tom Brady ni Bill Bllichick, quien hizo grande a los Patriotas fue Robert Kraft, con todo y su nombre de mayonesa.
A pocos años de comprar Kraft la franquicia y antes de Brady y Bellichick, los Pats llegaron al Super Bowl XXXI de la mano de Drew Bledsoe y Bill Parcells, ni cómo dudar de ese par; aunque perdieron en esa ocasión. Igual a su primera incursión personal en un campeonato, no veo a Robert Kraft levantando hoy el trofeo, pero siempre lo veré como el arquitecto y principal responsable del éxito de los Patriotas.
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