Tengo mala fama. En todo. Ni se diga en el aspecto gastronómico y sobre todo, en bebidas espirituosas. Y las no tanto. Mi pésima fama es pública. En cuanto a mi alimentación, pues es lamentable. Es decir, me gusta la buena vida, lo gourmet, lo especial. Pero en el mundo real, soy un artillero para comer. Mi paladar es frugal, pegándole a sencillo.
Paladar patético tal vez. Pero así me siento a gusto y a mis anchas. Y con el paso de los años, mi tenedor se ha venido reduciendo drásticamente. Dramáticamente. Es decir, solo hago una o dos comidas al día. No más. Mi enjuta humanidad no necesita de más para vivir. Y vivir bien. A últimas fechas y si no tengo lana o marmaja para ir a buenos y etiquetados restaurantes los cuales cuestan una pequeña fortuna, voy a mis lugares favoritos de siempre o bien, cocino en mi residencia.
Le doy mis dos platillos diarios: en la tarde, palomas (por lo general tres piezas, cuatro son un exceso) con variantes a escoger: huevos revueltos con tocino, jamón, carne seca o de plano, las muy saltillenses palomas de ternera. Ruedas de tomate y cebolla crudas y un abanico de aguacate. Todo bañado con un vino tinto de cualquier etiqueta, uva y pelaje. Y aquí viene el tema de hoy, había perdido la muy sana costumbre de merendar entre seis y 8 de la noche algo sencillo y saludable: un plato grande de lonchas de papaya con miel pura. Un manjar.
Mi exigua panza y mi intestino lo han agradecido. Y rueda rodando con lo anterior, voy encontrando y justo acabo de leer una bella y perturbadora obra: “El libro de la miel” de la inglesa Eva Crane. Publicado por FCE. No es cualquier escritora, lea usted: fue de las primeras féminas graduadas en matemáticas por el King’s College de Londres; luego se doctoró en física nuclear. Ejercía como profesora en la Universidad de Sheffield y renunció a la Academia cuando recibió de regalo de bodas... una colmena.
Dedicó entonces toda su vida a estudiar a las abejas y su producto maravilloso: la miel. El libro es de una erudición deslumbrante. No obstante a ratos lo técnico de este, se deja leer como una novela de aventuras. La miel es histórica y eterna, ha sido envuelta por todas las culturas en creencias mágicas, fue ofrenda de dioses y ofrenda a los muertos; las abejas para no pocas culturas eran animales sagrados. Escribe Crane: “... alimento sumamente energético que se puede almacenar casi indefinidamente.”
Fray Luis de León (1527-1591), escribe: “Vine yo al huerto, hermana Esposa/ y ya cogí mi mirra, y mis olores,/ comí el panal, y la miel sabrosa/ bebí mi vino, y leche, y mis licores:/ Venid, mis compañeros, que no es cosa./ que dexeis de gustar tales dulzores:/ bebed hasta embriagaros, que es suave...” Regresaré al tema.
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