Aquel reconocido ingeniero no nos bajó de pendejos. Ocurrió a principios de los noventa, cuando el tío de un amigo nos vio pulsar las teclas de las flamantes Casio fx-82 para calcular cosenos y tangentes. En su ortodoxia analógica, recurrir a una calculadora científica fue una abyección moral, la renuncia explícita a pensar. Lo fascinante de su amnesia selectiva era que él mismo no calculaba a lápiz y papel, sino con una calculadora tradicional de escritorio, ejerciendo la misma hipocresía del escritor añoso que condena la computación añorando la máquina de escribir, olvidando que Cervantes redactó a mano y con plumas de ave. Lo que el tío leyó como haraganería fue el crujir de un cambio de época: el instante en que delegamos la aritmética repetitiva para intentar el razonamiento abstracto.
Tres décadas más tarde la escena no cambió, solo ha mutado la escala. La automatización de los noventa ha florecido hoy en la presencia omnímoda de la Inteligencia Artificial.
Debo advertir que el desencadenante de este artículo no fue un simposio de tecnología, sino una charla sobre Cien años de soledad durante el Festival Gabo recién celebrado. Estimulado por el debate, releyendo la novela y repasando la primera temporada en pantalla antes del estreno de la segunda, el pasaje de la peste del insomnio y la amnesia en Macondo se revela como una alegoría de nuestra época.
Al principio, los macondinos celebraron el insomnio: “Si no volvemos a dormir, mejor. Así nos rendirá más la vida”. La vigilia se vendió como un triunfo de la hiperproductividad. Pero un efecto secundario trajo el olvido, forzándolos a etiquetar las cosas: “Esta es la vaca, hay que ordeñarla. La leche es...”. Cuando la amnesia avanzó, José Arcadio Buendia ideó un artefacto para catalogar el conocimiento: la máquina de la memoria. Hoy, la IA es esa máquina memoriosa: externalizamos ahí el pensamiento bajo la promesa de eficiencia, arriesgándonos a atrofiar el juicio propio.
Entre paréntesis y a riesgo de ser cancelado por quemadores de incienso, vale señalar que el mismo García Márquez apeló al atajo baratísimo del deus ex machina, ese recurso teatral que acelera una resolución artificial y forzada de un problema mediante el elemento divino o milagroso, ya que, para salvar a Macondo, resucita de la nada a Melquíades cargando una pócima mágica que cura el insomnio de un plumazo. Un pecado narrativo imperdonable en cualquier otro escritor, pero validado alegremente por el salvoconducto del Realismo Mágico.
Es curioso observar cómo el tiempo revela las verdaderas incoherencias. Con los años, aquel tío severo mutó de ingeniero productivo en la industria a una anónima pieza de ajedrez en el sector público resultando en sublime ironía: el mismo hombre que nos condenó por utilizar el atajo técnico de una calculadora terminó abrazando el pragmatismo más cínico de la política, utilizando atajos donde el beneficio individual aplastó cualquier compromiso con un deber ser que entre líneas, parecía defender.