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/ 14 junio 2026

BOCADILLOS Y CANAPÉS LITERARIOS

La gastronomía también escribe historias: los hábitos de mesa terminan revelándose en los personajes, las tramas y los autores.

Somos lo que comemos. Nuestro pasado, es nuestro presente. Nuestra vida son nuestras bebidas, la comida, las lecturas; es decir señor, lo cual mamamos diario –nunca tan bien utilizado este término– será nuestro reflejo ante el mundo. Y lo anterior se cumple fiel y memorioso en el trabajo de los escritores. Un ejemplo para entrar de plano en materia. Fue nieto de un maître del Duque de Orleáns, nada menos el gran Alejandro Dumas (1802-1870), uno de los escritores más venerados de Francia y del mundo. Semejante nieto de sibarita entonces, no podía darse el lujo de darles de comer cualquier cosa a sus personajes de novela.

Hay muchos testimonios: Dumas se metía diario en la cocina preparando suculentos platillos. Una crónica dice: “Dumas, en camisa, mete mano a la mesa, hace una tortilla fantástica, dora la palurda... corta la cebolla, remueve las ollas y les da 20 francos a los pinches.” Lo anterior lo hizo en un Hotel donde estaba alojado. ¿Lo notó? Pagó por cocinar. Era puro placer. Por algo, éste dejó una obra bella al respecto, un inconseguible “Diccionario de cocina”, editado sólo en España para editorial Gadir.

Una joya de la cual presumo tener mi ejemplar. La comida, la buena comida está presente y es protagonista en toda la obra de Alejandro Dumas. Sobre todo en su inconmensurable “Los tres mosqueteros.” En esta, uno de sus héroes, Portos, deletrea al lector su menú preferido: sopa de mejillones con base de caldo de ave de caza, tomate, ajo y claro, un generoso trozo de carne. Un bocado literario.

Reflejamos nuestra cultura toda en la decoración de la casa, nuestra residencia; en la educación de nuestros hijos, en el trato con la pareja, pero también, en la manera de comer, en degustar los alimentos; en los alimentos los cuales pedimos en los restaurantes. Los escritores lo repito, no escapamos a nuestra herencia, al pasado culinario. Nuestra formación gastronómica. Un escritor muy alabado en su momento, aunque bastante mediano para mí, el cual saltó a la fama universal y se vendió a pasto cuando la presentadora norteamericana televisiva, Ophra Winfrey, lo comentó en su show, en su programa, es Roberto Bolaño; éste sólo alimentaba a sus detectives salvajes con copas de mezcal. Era todo. La aridez como condena. Aridez de imaginación, aridez de gastronomía. Fin.

Aprieta el espacio: Dejamos para próximo texto más bocados literarios: los “perros calientes” de Kennedy Toole en “La conjura de los necios”, los riñones hervidos en la obra portentosa de “Aura” de Carlos Fuentes o bien, a quien ya hemos explorado algunas veces aquí, los potajes, café, manjares y platillos golosos en Gabriel García Márquez. Mucho por explorar y disfrutar...

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Jesús R. Cedillo
por Jesús R. Cedillo
Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete Premios de Periodismo Cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.
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