En varias ocasiones, mi mamá, al leer mis columnas o mis publicaciones en Instagram, me decía: ”Qué bonito que lo pienses, que lo sientas... pero aplícalo. En tu vida, con tu gente y contigo misma.” Y claro que tenía razón.Es muy fácil hablar de ciertos temas cuando conocemos la teoría; cuando hemos leído, cuando nos hemos dado a la tarea de trabajar en aspectos personales, cuando hemos investigado o incluso tomado cursos que nos enseñan cómo actuar en determinadas situaciones.Hace unos días escuché un episodio del podcast Se Regalan Dudas en el que hablaban precisamente de la obsesión por sanar. La psicóloga Luga Ballesteros mencionaba algo que me hizo mucho sentido: vivimos en una época en la que queremos encontrarle una explicación, una respuesta o una solución a todo. Cada experiencia viene acompañada de la pregunta: ”¿Por qué habré actuado así?” Y, casi sin darnos cuenta, esa búsqueda constante termina convirtiéndose en una obsesión por hacerlo todo perfecto, por reaccionar como “deberíamos”.Ir a terapia es maravilloso. Conocemos los beneficios que puede traer a nuestra vida, siempre y cuando estemos dispuestos a llevar ese aprendizaje a la práctica.Porque de poco sirve leer libros de desarrollo personal, asistir a sesiones terapéuticas o escuchar decenas de podcasts si no nos atrevemos a salir al mundo y poner en práctica lo que ya sabemos.No podemos sanar absolutamente todo. Nunca vamos a terminar. La vida sigue avanzando y, con ella, llegan nuevas experiencias, frustraciones, pérdidas, alegrías y retos. A veces, incluso después de haber trabajado una herida, aparece una situación que la toca nuevamente y nos recuerda que sanar no significa no volver a sentir dolor. Se trata de recorrer el camino aprendiendo a sentir nuestras emociones, de trabajar aquello que nos incomoda, de ir soltando poco a poco lo que pesa, sin la necesidad de resolverlo todo de inmediato.La sanación y el desarrollo personal son de muchas formas. Para algunos será asistir a terapia cada semana; para otros, hacer ejercicio. Habrá quien encuentre paz en la oración, quien la descubra caminando al aire libre o compartiendo una conversación con alguien que ama.No todo tiene que analizarse una y otra vez. No necesitamos tener todas las respuestas antes de dar el siguiente paso. Lo que necesitamos es vivir. Porque es ahí, en la experiencia cotidiana, donde descubrimos que estamos mucho más preparados de lo que creemos y que podemos aplicar todo aquello que un día aprendimos.Sí, como adultos responsables nos corresponde trabajar en aquello que nos limita, nos duele o nos frena. Pero también es válido aprender sobre la marcha, equivocarnos, volver a intentarlo y descubrir nuevas versiones de nosotros mismos mientras la vida sucede.Porque el verdadero crecimiento no ocurre solo en el consultorio, en las páginas de un libro o detrás de unos audífonos escuchando un podcast. Ocurre cuando salimos al mundo y nos atrevemos, con miedo, con dudas y con imperfecciones, a aplicar todo lo que ya sabemos.
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