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/ 19 abril 2026

EL PLACER DE LA CARNE...

Entre ironía y reflexión, el autor explora la atracción por lo prohibido —desde la comida hasta los placeres de la carne— como una fuerza profundamente humana que ha marcado nuestra evolución, cultura y contradicciones.

En un texto pretérito titulado “¿Elogio del vegetarianismo?” hablé someramente de una preferencia, mi preferencia; es decir, si he de elegir, no me gustan los vegetales. No soy rumiante. Respeto a la gente la cual se alimenta de agua y alpiste. Yo con mi alcoholismo controlado (eso espero y así siga, puf) y mis toxinas andantes, estoy a gusto. No quiero ser eterno. Y claro, respeto y admiro a la gente que únicamente come vegetales, los vegetarianos o veganos.

Usted lo sabe, la humanidad avanzó a pasos de gigante cuando dejamos de comer pastura y empezamos a atacarnos de carne asada. Es decir, proteína. Hartos comentarios recibí por el texto. Lo prohibido gusta. Lo prohibido seduce, enamora; no pocas veces pervierte. El fruto prohibido siempre le ganará la partida a la templanza. Pecar es humano. La perfección es divina. Lo prohibido, entonces, tiene residencia en los sentidos. Los cinco sentidos. Lo prohibido está íntimamente ligado a los placeres de los sentidos, de la carne. De aquí entonces dos pecados capitales atractivos, ubicuos, vedados; pero al final de cuentas, tan a la mano con lo cual todos caemos, los placeres de la carne ambos: la lujuria y la gula.

Lo prohibido es adictivo. La tentación es mucha. El jugo, moroso, escurre de un buen filete a las brasas... el caramelo es dulce, atrayente, brilloso; gotas de caramelo sobre un pecho redondo donde los pezones de la mujer amada esperan retadores que uno a beber a ellos vaya... Oscar Wilde, ese dandy insobornable, lo sabía mejor a nosotros. Por ello su aforismo perfecto: la mejor manera de liberarse de la tentación, es caer en ella...

La cita es del poeta regiomontano Alfonso Reyes: siempre llegamos tarde al banquete de la civilización; y claro, donde comienza la carne asada, termina la piedra labrada o la cultura. Carlos Fuentes ha escrito con ironía y buen humor: “como no gritamos, sino que nos gritaron ¡tierra!, sufrimos no tanto del complejo de pueblo conquistado, sino del complejo de pueblo desubicado frente a la modernidad.”

¿Cuándo dejamos de ser herbívoros y nos convertimos en caníbales? En un libro, una joya del antropólogo y pensador, erudito y sabio, Marvin Harris, habla precisamente de lo anterior: es su volumen, “Caníbales y reyes” para editorial Alianza. Y es justo un pensamiento el cual me envío el científico Guillermo López: “Exacto maestro, cuando el hombre tuvo acceso a la proteína animal ya no tuvo que pasar todo el día buscando e ingiriendo vegetales para subsistir. Le quedó tiempo para pensar... y de aquí viene todo lo demás.

El que sabe, sabe. ¿Rumiantes o carnívoros? Sin duda, yo lo segundo.

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Jesús R. Cedillo
por Jesús R. Cedillo
Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete Premios de Periodismo Cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.
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