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/ 31 mayo 2026

ENTRÉGALE TU DÍA A DIOS Y SUELTA EL CONTROL

Soltar el control no es rendirse, sino aprender a vivir el presente sin cargar futuros imaginarios.

Hoy quiero que hablemos sobre soltar el control. Porque muchas veces nos han dicho: “Suelta el control, entrégaselo a Dios”, como si hubiera un botón para hacerlo.

¿Pero cómo se logra? Es un tema que yo no lograba resolver... hasta hoy, que ya tengo la respuesta, y quiero compartirla con ustedes.

Hay días en los que me despierto y mi mente ya va diez pasos adelante de mí, pensando en conversaciones que no han pasado y en problemas que no existen.

Y ahí entendí algo: lo que más me agota no son mis problemas, sino inventarme escenarios futuros.

Soltar el control no es algo que haces; es algo que piensas. Es dejar de preocuparte. Pero, ¿cómo dejo de preocuparme? Dejando de pensar en eso que te atormenta. ¿Y cómo lo hago? Pon una canción, baila, haz ejercicio, piensa en otra cosa, ve un video; aleja tu mente de ese pensamiento y entrégaselo a Dios. Dile: “Este es mi problema, lo pongo en tus manos”, y sigue con tu día. Así de sencillo: deja que Él se encargue.

Suponer también es una forma de control. Suponer es martirizarte y estresarte de más pensando que algo va a pasar, cuando hay un gran porcentaje de probabilidad de que no suceda como lo imaginas. El futuro no está en tus manos, pero lo que haces hoy y cómo piensas, sí. Eso es lo que debes cuidar.

Si aún no estás haciendo lo que amas, entonces haz las cosas con amor. Lava los platos con amor, desayuna con amor, atraviesa el tráfico con amor. Porque esos pequeños momentos también son tu vida. Y es lo que hoy te toca vivir.

Preocuparte no soluciona tu problema; solo lo empeora porque te estresas y, si te estresas, no piensas con claridad. Debes buscar una solución, sí, pero no arruines tu día pensando únicamente en eso. Dale amor y la respuesta vendrá. O no. Aun así, te aseguro que no será el fin del mundo.

Piensa en esto: aquello que te estresaba hace cinco años probablemente hoy ya ni lo recuerdas. Así pasa con la mayoría de nuestros problemas. Les entregamos días enteros de nuestra vida a cosas que, con el tiempo, terminan perdiendo importancia.

Porque, al final del día, incluso cuando algo sale mal, la vida continúa. Y nosotros también.

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