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/ 10 mayo 2026

EL RIESGO DE ESTAR VIVA

Hay momentos en los que la vida no se siente como una línea recta, sino como una bifurcación incómoda. Estoy justo ahí: en el punto donde el camino se divide en dos. Y no tengo claridad. Solo miedo... y conciencia.

De un lado está tomar en serio mi enfermedad... y vivir intensamente, como si realmente me fuera a morir mañana. Ser imprudente —con el dinero, con el tiempo—. Invitar a todas mis amigas a Europa. Hacer el Camino de Santiago con mis papás. Cruzar la barrera de hielo de la Antártida, conocer Tailandia, pisar Tierra Santa, volar en parapente. Comer todo eso que evito por salud, pero que amo. Ir a una fiesta. Vestirme increíble. Bailar. Reír. Desvelarme. En fin, elegir la emoción sobre la prudencia. Vivir con la urgencia de quien entiende que nada está garantizado.

Del otro lado, también está tomar en serio mi enfermedad... pero desde el control absoluto. Como estoy viviendo ahora. Porque cada vez que intento volver al mundo, termino en el hospital.

Así que dejé de salir —salvo a citas médicas—. Dejé de recibir visitas. Mi vida se redujo a cinco platillos: medidos, orgánicos, correctos. Y a decir “no”. Incluso a lo que me hacía sentir viva.

Apostándolo todo a una promesa: que si hago esto bien, tal vez mi vida se alargue.

Pero ahora, después de tres años, por primera vez me pregunto: ¿y si no funciona? ¿Y si, en el intento de salvar mi vida, dejo de vivirla... y aun así no logro salvarla?

Nos enseñaron que el riesgo está en lo excesivo, en lo imprudente, en lo caótico. Pero nadie nos habla del otro riesgo: el de postergar tanto la vida... que se nos olvide habitarla.

El riesgo de hacerlo “todo bien” y aun así perder. Tal vez la vida no se trata de elegir uno de los dos caminos, sino de soltar el control. De aferrarme a las experiencias que me alimentan el alma: un viaje sin plan, una mesa compartida, el sol en la cara, reír a carcajadas...

Porque la vida no se ve. No se contempla. La vida se siente.

Mi mejor amiga me dijo una frase que me llegó: “No puedes esperar a que la vida deje de ser difícil para decidir ser feliz”.

Y quizá de eso se trata: de aprender a vivir, no cuando todo esté resuelto, sino justo aquí, en medio de la incertidumbre.

No controlo cuánto tiempo tengo. Pero sí cómo decido estar en él. Y elijo habitarlo.

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