La autoexigencia disfrazada de crecimiento personal puede volverse una trampa silenciosa.
Durante años hemos vivido con una idea en la cabeza: “tienes que ser tu mejor versión”. Y en ese intento hemos llevado el cuerpo y la mente al límite: entrenamientos que no disfrutamos, dietas imposibles de sostener, agendas saturadas y una presión constante por hacer y ser más. Todo para alcanzar algo que creemos que nos hará felices.
El problema es que empezamos a vivir en el futuro:
cuando tenga mi casa,
cuando tenga un hijo,
cuando me vaya de vacaciones,
cuando consiga ese trabajo.
Y cuando finalmente lo logras, pasa algo que no esperabas: no te sientes ni más ni mejor. La felicidad se desvanece rápido. Tu mente dice: “bien, lo conseguiste... ¿y ahora qué sigue?”.
Entonces, aparece una nueva meta y otra vez esa vocecita, “cuando tenga esto, ahora sí, voy a ser feliz”.
Perseguir constantemente “tu mejor versión” te desconecta de lo más importante: de ti y del presente. Te hace sentir que lo que haces no es suficiente, y que tú tampoco lo eres.
Esto no significa que no debas tener metas. Claro que sí. Trabaja por esa casa, por ese cuerpo, por ese sueño. Pero que ese camino no te robe la capacidad de sentirte bien, ni de ser feliz con quien eres y con lo que tienes hoy.
Hay una gran diferencia entre amarte y aceptarte como eres y desde ese lugar construir tus metas, a querer cambiar quién eres porque te rechazas.
Está bien que no te guste lo que ves en el espejo o tu trabajo. Darse cuenta de eso es avanzar la mitad del camino. La otra mitad se construye con consciencia: entendiendo que la persona que eres hoy, con disciplina y constancia, puede ser muy distinta en unos meses.
Disfruta el proceso. No dejes que la ansiedad te consuma, porque:
antes de ser fuerte, te sientes débil;
antes de aprender, te sientes ignorante;
antes de avanzar, sientes miedo.
Quebrarte para transformarte es parte del proceso, pero, no se trata de quedarte en ese estado siempre, ni de vivir esperando lo que aún no tienes, creyendo que eso te hará feliz.
Ser tu mejor versión debería ser un mapa, no el destino. El destino es aprender a darle valor a lo que realmente importa: la familia, los amigos, disfrutar de las pequeñas cosas de la vida como una taza de café, la risa de tu pareja, las travesuras de tu hijo, el abrazo de papá.
Esos son los regalos que Dios nos dio, disfrazados de cotidianidad, tanto que a veces dejamos de verlos. Cuando, en realidad, el primer regalo del día es simplemente despertar.
Y entonces entendemos que la vida no es tan complicada ni exige tanto como creemos. Al final, solo nos pide algo mucho más simple: ser y estar.