A la hora de contar familia, me considero más hermano de mis hermanos latinoamericanos que hijo de la madre patria o primo de mis primos del norte; hoy me asumo rioplatense.
Cuando el charrúa Luis Suárez, no siendo portero, levantó su mano sobre la línea de gol al expirar la prórroga, además de atajar un balón que negó al continente africano su primera incursión en semifinales, hizo elipsis en el tiempo. Con ello, contuvo a la moralina eurocentrista que pretende regir al mundo con un discurso que se contradice desde la llegada al lobby de todo museo europeo y casa real. A diferencia de la mano de dios de Maradona, que fue un robo de monedas al imperio británico, la mano de Suárez desató un martirio público de latinos y africanos. Diego engañó al juez ante el sol de mediodía, lo que le valió un gol para Argentina; Luis se entregó esa noche a la justicia, la cual concedió el penalti a Ghana.
En la narrativa latinoamericana, donde el pasado nos dice que historias y reglas se escriben por quienes ganan, la infracción se convierte en un recurso de supervivencia. Pero aquella vez en Sudáfrica la trama mundial se torció. Como buenos latinos, no robamos al ladrón; no era Argentina vengando las Malvinas. Éramos todos nosotros, todos hijos del saqueo, robando la gloria a Ghana, hija también del saqueo.
La paradoja más cruel de aquel partido: durante décadas, la literatura del fútbol —con Eduardo Galeano a la cabeza— nos entrenó para ver en el juego la simbólica revancha de oprimidos sobre opresores. El fútbol de garra fue nuestra lanza contra la mecanización europea, la disciplina oriental y la técnica gringa; pero en ese 2010 el guión se rompió. Ghana no jugó contra la Inglaterra colonialista, la Alemania bélica o los conquistadores ibéricos; compitió con Uruguay, una nación que apenas es un barrio dentro del mapamundi.
Luego de la mano de Suárez, vimos al cobrador ghanés estrellar el balón en el travesaño, mandando la resolución a una tanda de penales. Y si la mano de Suárez fue el sacrificio desesperado para una extensión de vida, el último penal del partido ejecutado a la Panenka por el Loco Abreu fue la firma de autor de nuestra sangre latina, dándole muerte al rival. Por un momento, dejamos de ser el héroe romántico de la resistencia para convertirnos en un verdugo pragmático. Nos convertimos en eso que siempre odiamos: la potencia que aplasta el sueño ajeno no por superioridad moral, sino por cínica astucia.
Al final, la mano de Suárez dialoga con la de Maradona no por la trampa, sino por la humanidad. Diego fue ese dios impuro que cobró deudas históricas; Suárez fue el demonio necesario para recordar que también acá somos cabrones. Ambas victorias dejaron huella profunda, pero la de 2010 trajo un residuo de culpa histórica. Ganamos esos partidos, sí. Pero si en el 86 la derrota británica supo a justicia, al mirar a los africanos llorar sobre su césped sentimos que esta vez el saqueo lo perpetramos nosotros. Y eso, quizás, cala igual que otra derrota.
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