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/ 31 mayo 2026

UN DOLOR DE MUELAS

Una punzada insoportable acompaña a un hombre por París, sin imaginar que el final del dolor llegará con la muerte.

Por ese andar encorvado y cabizbajo parece que le duelen las rodillas y otras articulaciones. Pero no, es el primer molar inferior derecho. Saber que mañana a medio día el dolor desaparecerá no le trae ningún alivio. Este dolor es suyo y de nadie más; no hay quien pueda consolarlo. Y llora.

Deja la cena casi intacta. Hasta su puerta llegó algo parecido a la receta de su madre de la sopa de cebolla, aunque nunca hubo otra igual. Pensó en sopa por ser fácil de engullir, distinto a algo con más cuerpo, pero esa maldita muela le impidió disfrutar del malogrado manjar. Intentó saborear y pasar con el otro lado de la boca, al cabo de dos bocados la punzada de dolor se agudizó. Qué desperdicio, piensa ahora. Y llora.

Jamás leyó a Shakespeare, por lo tanto desconoce su cita: “No ha existido un filósofo capaz de soportar pacientemente un dolor de muelas”. Tampoco leyó a Dostoievski, Sartre o Víctor Hugo, por desfase o por desidia; la cruel verdad es que de haberlos leído, no servirían de mucho ahora. Se pasa la noche en vela. Dormir en la íIe de la Cité y escuchar la corriente del río Sena no brinda glamour al sufrimiento. Y llora.

Por la mañana escucha las campanadas del reloj público. Sabe que es cuestión de tiempo y las horas van en regresión. Llega el momento de salir. El dolor no cede, se acrecienta. Y llora.

Su transporte llega a tiempo. Aborda. Unos minutos más tarde ha cruzado el Sena y avanza sobre la Rue Saint-Honoré. Los adoquines de la ciudad hacen que todo el vehículo tiemble y se sacuda, y la muela lo resiente. Y llora.

Por un instante, cuando vislumbra la plaza más grande de París—aquella misma donde María Antonieta y Luis XVI perdieron la vida—, el dolor desaparece y la envidia lo carcome al observar tanta gente a la que nada le duele. Un poco más adelante el dolor vuelve. Y llora.

Llega a su destino. Se apea. Sube las escaleras con penosa parsimonia, la muela sigue doliendo. Para todo hay protocolo: debe esperar su turno y para este trámite y tiempo, ser puntual no es requisito. Mientras pasan los minutos se encierra dentro de sí buscando algo en su cabeza. Algo busca sin saber qué es. El dolor es insoportable, cierra los ojos y trata de pensar en su niñez, en la campiña francesa; no logra concentrarse en nada. Y llora.

Es su turno. En otras circunstancias podría cuestionar la frialdad del trato recibido, sabe bien que esto es así, aquí no cabe piedad, todo es cuadrado, profesional y rápido, por los que vienen detrás. Llega ese momento de la vida donde el sentido del oído es más importante que la vista y todo se escucha metálico, chillante, monstruoso. Pone la cabeza en la posición que le indican. Le duele mucho la muela. De pronto escucha un Swwooosshh...y el dolor desaparece.

La ciencia dirá que tarda entre tres y ocho segundos en perder el conocimiento, pero en ese precioso tiempo es consciente que ya no existe el dolor. Su cabeza rebota y rueda dentro del canasto, debajo de la guillotina. Siente ganas de llorar, pero ya no puede hacerlo.

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