Hemos perdido la meditación y el rezo dilatado; en el camino, hemos dejado de lado la lectura y las oraciones; ya sin brújula, caemos en la farsa siguiente: la mejor manera de “celebrar” la Semana Santa es comer todos los días pescado y ayunar –casi en el borde de lo extinción– como una especie de flagelación, la cual nos librará de nuestros pecados recurrentes.
Quién piense lo siguiente está en un craso error: los Evangelios son un libro Los Evangelios no son un libro, son un plan salvífico de vida el cual tiene Dios tiene para los humanos, sean creyentes o no. ¿Quién no lo sabe? el gran pacifista Mahatma Gandhi peregrinaba, enseñaba con el ejemplo y practicaba su doctrina pacifista despojado de joyas, ropajes ostentosos e incluso, sólo vestía ligeras túnicas con un infaltable morral a un costado. Pero, pocos saben: el venerado Gandhi sólo traía un libro en dicho bolso: los Evangelios de Jesucristo.
Consideraciones bíblicas y teológicas a un lado, lo cual ameritaría una serie de columnas al respecto, lo bien cierto es... la Cuaresma y Semana Santa obliga nuevamente a convertir días grandes y altos de oración y reposo, en días de tormenta, días feriados, donde la reflexión religiosa se confundió fácilmente con el cumplir una dieta, un menú el cual en esta parte de la República, tiene singulares características.
Días de guardar, pero también, días de tortitas de camarón, platos de lentejas, pescados preparados en variados e inigualables estilos y sazones; tortas de atún, papas lampreadas, guisos de flor de calabaza, los infaltables nopalitos, ese postre dulce y barroco –eminentemente norteño, pero el cual lo reclaman en casi todo el país– llamado capirotada y ese guiso con nombre y sabor a infancia: chicales.
Chicales, ¿a qué comida remite al lector tan saltarín nombre? El escritor regiomontano Ricardo Elizondo Elizondo en su “Lexicón del Noroeste de México”, apunta que el “Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española” no registra la palabra; el “Diccionario Básico” no la inscribe y el “Diccionario de Mejicanismos” sólo registra chical y apunta: por el oriente de México es una jícara; mientras en Zacatecas y Coahuila, con valor traslaticio, la misma jícara se convierte en ración de comida.
Lo bien cierto es: los chicales (elote desgranado y cuidadosamente tratado), así en plural, es un guiso con carne y chile colorado con un aroma y un sabor norteño inconfundible. Recuerdo que mi madre lo preparaba toda la Semana Santa. Ignoro si hoy alguien lo prepara en algún restaurante urbano... Los chicales me recuerdan mi infancia y a mi madre. Así sea.
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