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/ 26 abril 2026

UN CLICHÉ: DE WALLACE A WALLACE A WALLACE

De la saturación de estímulos al regreso a la lectura, una reflexión sobre perspectiva, esfuerzo y el peso de entender una obra.

No es que no quiera sentir la adrenalina de jugar y meter gol, comer ostión de la concha, cantar a todo pulmón. Se volvió todo repetitivo, un carrusel de experiencias, todo parte de un ritual, tan cansado, tan igual. Me da entonces por leer.

Resulta que no me acuerdo y caigo en el lugar común: lo que bien se aprende no se olvida. Por supuesto, sé leer: empecé en la caja del cereal y el dogma del catecismo, la revista deportiva, la saga de Sherlock Holmes; me inicié en astronomía por una nota en Playboy; con la anuencia de mis padres, del cura y gobernación, entre líneas y subtramas, de la mano de Irving Wallace, descubrí un mundo de sexo, de drogas y rock and roll.

Llegó el cine en tantas formas que leer se rezagó. Cito de nuevo un cliché: si una imagen dice más que mil palabras y veinticuatro imágenes por segundo son la métrica del cine, no hace falta sacar cuentas para entender el porqué. Rocky y Rambo, El Padrino, Contacto y Danza con Lobos; y archivado en la memoria, Mel Gibson es William Wallace.

Luego mi algoritmo tropezó con un lector apasionado invitando a hacer lectura de un libro que me pesaba: La Broma Infinita, de David Foster Wallace. Había leído algo de él en aproximación a su obra; me gustó mucho su estilo, su opinión, prosa, andamiaje. De ahí, a leer un ladrillo con más de un millar de páginas más casi cuatrocientas notas al final cuya función es estructural para la trama y no solo referencial para brincarlas; lo intenté en cuatro ocasiones con estrépitos fracasos. La invitación era a hacerlo en un club de lectura. Yo, que quiero hacer todo solo pero no hago ni un arroz sin eco que lo festeje, supe que era la manera de abordar de nuevo a Wallace. Finalmente lo acabé.

Comprendí donde acaban las historias: en una interpretación sesgada por los sucesos que van del cunero de hospital al ruedo en el carnaval...más las trillones de cosas que se han de cruzar primero para nacer cómo-cuándo-y-dónde. Una óptica cambiante y personalísima que se explica en un renglón: yo veo nueve, tú ves seis, es un trazo en un papel. Ahora, si intercambiáramos silla yo vería el seis y tú el nueve. Ahí conectas con Wallace: te obliga a cambiar de silla hasta que el cuello te truene. Pero...

En esa danza tan torpe que en ocasiones se da entre una obra y su autor, solo voy a señalar la chocante conclusión de alojar un sentimiento que raya en la frustración: haber leído una obra tan cuidada en los detalles, el trabajo de un artista, un joyero y artesano; calculó muy bien las frases y en ellas cada palabra, marcó tiempo en puntuaciones, las ideas en conceptos, y hasta en la maquetación; todo escrito por un tipo de un talento fascinante cuyo formato de muerte da pie a una brutal paradoja, que va acorde a sus historias por su retrato urbanista del absurdo existencial de saturar el sentido con síntomas de hedonismo, no de la alta literatura en la que lo presentó: como si fuera una broma, la existencia de este hombre que curó tan bien su obra, fue a acabar con un cliché.

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