Después de unos meses sin escribir debido a mi maternidad regreso con ustedes para seguir platicando acerca de la historia y el vino, en espera de que sigan encontrando interesante esta columna.
El vino ha sido testigo de la historia de la humanidad desde la primera fila, siempre presente en momentos claves que han marcado nuestro rumbo. Es la única bebida que ha logrado habitar con éxito dos mundos opuestos: el del placer y el de lo sagrado. El vino ha sido al mismo tiempo celebración y símbolo, exceso y contención. Su historia ha sido una tensión constante entre estos dos polos que parecen encontrarse una y otra vez.
En las culturas griega y romana, formaba parte de la vida diaria. Se bebía en los simposios, donde los grandes pensadores discutían bajo influencia del vino, fue ahí donde se crearon las corrientes filosóficas que nos rigen al día de hoy. En ésa época, la bebida también era símbolo de lujo, por lo que nunca faltaba en los banquetes, y que, entre mas y mejor vino se tuviera, mejor era el estatus del anfitrión. Figuras como Dionisio o Baco encarnaban esa ambigüedad: el vino como vía de cercanía divina, pero también de placer y excesos.
Durante el cristianismo, la figura del vino se consagra como un medio divino. En la Última Cena, el vino deja de ser metáfora y se convierte en símbolo: la sangre de Jesús. Durante la Eucaristía es un elemento central. La copa ya no es solo un objeto de disfrute, es un medio que nos acerca a Dios.
Durante la Edad Media, esta dualidad se profundiza. Mientras el vino sigue siendo parte de la vida cotidiana, los encargados de su producción son los monjes. Muchos de los vinos más reconocidos hoy en día tuvieron sus orígenes en los jardines de iglesias y abadías. No olvidemos la champaña, creada por el monje Don Perignon, que su fama persiste hasta la actualidad. Durante la conquista espiritual de Europa al Nuevo Mundo, son los religiosos los encargados de sembrar vid e introducir el vino a la vida cotidiana de sus recién adquiridos súbditos.
Es impactante como esta tensión nunca cede. A la fecha, una copa de vino puede ser muchas cosas a la vez. Puede acompañar una celebración, ser objeto de estudio, o de placer y lujo. Pero siempre conserva el eco de lo sagrado que ha acumulado durante siglos.
Tal vez esa sea la clave de su permanencia: el vino no obliga a elegir entre lo terrenal y lo divino. Se mezcla entre ambos, y encaja perfectamente. En cada sorbo conviven el trabajo agrícola, el terroir, la técnica maestra, y el acercamiento divino. Es una bebida que nunca ha dejado de representar dos mundos al mismo tiempo. Sigue estando presente en la vida humana en todas sus dimensiones, en todas sus facetas.
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