Cuando mi mamá vivía y nos ayudaba a mis hermanos y a mí a resolver situaciones difíciles, de esas que parecen no tener salida. Ya encontrada la solución le agradecíamos y siempre remataba con una frase que hoy entiendo mejor: “¿a poco crees que las flores del 10 de mayo son gratis?”. Y no hacía referencia al costo. Lo decía por la experiencia acumulada con los años, en todo lo vivido, es decir por todo lo que no se ve: el tiempo, la paciencia, la manera en que una madre se queda incluso cuando todo parece cuesta arriba.
Ahora que soy mamá, sé que cualquier gesto tiene peso y valor. No por lo que cuesta, sino por lo que representa. Hay años en que este día se vive con celebraciones y alegría plena; otros se atraviesan con tristeza y nostalgia, con un hueco en el corazón. Depende de la historia que cada una carga, de las ausencias, de los procesos y de lo que aún está en construcción.
También hay algo que conviene decir sin rodeos: la maternidad es una decisión. No es sencilla, pero poder elegir cuándo, y si quieres hacerlo, cambia todo. Yo fui mamá a los 34, después de haber vivido a mi ritmo, de haberme dado tiempo para descubrir cómo sería el rol, aunque valga destacar que en el día a día todo cambia y está lleno de imprevistos. En 2026 estoy por cumplir casi 13 años en este camino y sigo aprendiendo.