JABÓN MOJADO

Para Arturo la felicidad era un pedazo de jabón mojado. Luchaba por agarrarla, pero mientras más apretaba, más fácil saltaba de sus manos. No obstante, estaba decidido a atraparla.

Comenzó a hacer su juego. Para su decepción, ante cada movida, el trozo volaba empapado de una sutil pero profunda insatisfacción.

Formaba parte de un equipo de fútbol americano; pronto pensó que era demasiado poco y quiso jugar en otro mejor. Cuando sus papás le compraron una motocicleta deseó tener un coche; la moto era demasiado mala. Si comenzaba a salir con una novia siempre buscaba otra más guapa. En fin, cualquier plan se le hacía poca cosa para saciar sus ansias de felicidad. Sin embargo, Arturo poseía una cualidad extraña en muchos jóvenes: una lucha sincera por la autenticidad.

Su tercer año de preparatoria lo estudió en un colegio de internos. Ahí conoció a jóvenes realmente desorientados y sintió deseo de ayudarlos. ¿Cómo? No lo tenía claro; por lo pronto se esforzaría por hacerse su amigo.

Una noche de sábado, un compañero de cuarto llegó borracho. Arturo se encontraba durmiendo, pero el muchacho lo despertó con lágrimas en los ojos y le dijo: «Quiero ser como tú, pero no puedo, no puedo». ¿Qué había hecho para que otro quisiera ser como él? No lo sabía.

Toda la semana la pasó dando vueltas al incidente. Le gustaba que le dijeran que deseaban ser como él. Pero a la vez, sabía que aún le faltaba mucho. Sentía que el pedacito de jabón se le seguía escapando de las manos. Tenía que haber algo con qué atraparlo, pero no lograba descubrir qué.

¿Y si había algo más que niñas, coches y fiestas? ¿No era acaso verdad que en su interior sentía un deber de ser más generoso? Pero, ¿qué tanto? ¿Acaso una entrega total? No lo sabía, mas ¿qué perdería con darle una oportunidad a Dios?

Recordaba que alguna vez en su colegio un sacerdote les había hablado del seminario. Se llamaba José y era muy sonriente. Arturo todavía guardaba la tarjeta de presentación que había repartido, así que tomó el teléfono y le pidió una cita.

Luego de muchas conversaciones con el P. José y varias visitas al seminario, Arturo decidió tomar el riesgo y darle a Dios la ocasión de hablar. Al fi n y al cabo, ¿quién mejor que el Jabonero podría enseñarle a atrapar jabones?

Ahí descubrió que para ser feliz de poco le servirían las entregas a medias.

¡Lo quería todo! Por eso ahora es un sacerdote que trabaja en varias ciudades de Argentina, predicando el amor de Dios con plenitud, entusiasmo y alegría. Y sólo entonces pudo comprobar cómo el jabón mojado de la vida ya no se le escapaba de las manos…

EL AUTOR

Sacerdote Legionario de Cristo dedicado a la formación y orientación de la juventud saltillense, maestro en el Instituto Alpes Cumbres en Saltillo.

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