REZAR EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

El corazón es, tal vez, la parte del cuerpo a la que más hacemos referencia. Frases como «sigue los impulsos de tu corazón» o «me has roto el corazón» se han convertido ya en clichés para describir ciertos aspectos de nuestra existencia. Y no importa qué diga la razón: si “el corazón está sano”, creemos que todo va viento en popa en nuestra vida. Incluso llegamos a dar valor moral a acciones que si “sentimos” que están bien… no importa lo objetivamente mal que esté. Tal vez esta es la razón por la cual muchos, cuando están llenos de tristeza, dicen: «¿Cómo puedo orar bien si la verdadera oración es la que procede del corazón? El mío está lleno de preocupaciones, debilidades; incluso de pecado. ¡Nunca podré orar bien!».

Permítanme dar un paso atrás y hacer un pequeño experimento. Supongamos que te llaman de la policía citándote en la comisaría, porque alguien te ha denunciado. ¡Vas a ir a juicio! Más aún: ¡¡puedes ir a la cárcel!! ¿Cuál es tu primera reacción? O mejor: ¿a quién llamas para contárselo? Tu esposo o esposa, alguno de tus padres, hermanos. Tal vez un amigo… Siempre hay alguien ahí en quien confías plenamente y con el que vas para desahogarte.

Pues bien, la oración puede y debe ser justamente esto. Si nuestro corazón está lleno de inquietudes por diversas preocupaciones de nuestra vida, ¡qué mejor que platicarlo con Dios! ¿O es que Dios sólo escucha padres nuestros y aves marías? ¿Ésa es la única oración que me sé? Volvamos al ejemplo. Imagínense que llamas a tu amigo de toda la vida para platicar. Todos tus pensamientos están cargados de la preocupación del posible juicio. Llegas a la cafetería en donde te están ya esperando… y en vez de confiarle todo esto, empiezas a hablar del último coche que ha sacado la Ferrari. ¿No es algo ridículo?

Pues nuestra oración a veces se vuelve así de ridícula: teniendo mil preocupaciones, forzamos nuestro interior meditando tal vez pasajes del Evangelio bellísimos… pero que ¡nada tienen que ver  por lo que mi alma está pasando en ese momento! Y así sí que estaría de acuerdo con la objeción: ¡nunca se podrá orar!

«La oración no es el efecto de una actitud exterior, sino que procede del corazón», dice San Juan Crisóstomo. Y por eso, las preocupaciones que lo llenan pueden ser una excelente oportunidad para crecer en mi oración. Después de todo, ¡quién mejor que Dios para confiarle nuestras inquietudes, nuestros propósitos! ¿Voy a hacer un examen en la Universidad? Se lo confió a Dios. ¿Empiezo a salir con una niña muy guapa y que no sé si puede ser mi futura esposa? Se lo platico a Dios para que nos ilumine a los dos. ¿Mi hijo está teniendo problemas en la escuela y no sé qué hacer? Le pido luz a Dios. ¿Voy a ver un partido de fútbol? Invito a Dios a que venga a disfrutarlo conmigo…

Todo puede ser oración si a cada etapa de mi vida sé sembrarla, con sencillez y cariño. Ahora que estamos todos con la amenaza del Coronavirus, la oración puede ser un oasis de consuelo y compañía. Porque orar es, a fin de cuentas, lograr que Dios sea un Amigo íntimo: Alguien en quien siempre puedo confiar, con quien siempre puedo platicar de lo bueno y lo malo. Cuéntale, pues, qué te agobia en este tiempo de coronavirus… y verás todo lo que ese Dios es capaz de darte.

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