El encabezado de este texto es eso: una invitación. Es para celebrar un... simposio. Un especial simposio. ¿Le suena aburrido, con largas, tediosas y cansadas conferencias y disertaciones donde se aborda la inmortalidad del cangrejo, la vida en otras galaxias y nuestro fin como humanidad al ser reemplazados en poco tiempo por la Inteligencia Artificial?
Pues sí, parte es eso, la palabra simposio (del griego, “symposio”, es decir, festín) ha derivado en lo cual hoy nos imaginamos y conocemos: “Conferencia o reunión en que se examina y discute determinado tema.” Lo anterior según sabia definición del Diccionario de la Real Academia Española, pero lo bien cierto y usted lo sabe señor lector, simposio viene de los griegos, de la cultura griega y de cuando estos hacían grandes festines y banquetes.
Uno de los más famosos sin duda, fue el banquete, el simposio (beber y comer y otras cosas, claro) en casa de Agatón, el cual nos describe Platón en sus diálogos, donde el ágrafo de Sócrates diserta sobradamente sobre el amor y el erotismo. De echo, así se llama el texto: “Simposio o de la erótica.” Vaya, estos griegos sabían beber, comer y discutir. Estos festines nos cuentan los libros de historia, se realizaban en casas de prostitutas a los cuales los varones pagaban por entrar. Se bebía vino, se discutía y se comía.
Usted lo sabe, en aquel tiempo, no había cubiertos. Se comía con las manos y dedos y se limpiaban éstos en migas de pan, las cuales ya atiborradas de grasa, se aventaban a los perros. Había de dos a tres servicios en el banquete dentro del simposio. Había mariscos, huevos y embutidos; luego vendrían carnes, pescados y una gran variedad de guisos y legumbres.
La comida era salada para acicatear el paladar de los asistentes y así, entregarse a beber más vino. Pero, estos griegos por eso eran lo que fueron, lea usted. Se entregaban a cantar, oraban, disertaban, discurrían, tocaban la flauta y bebían vino, harto vino. El vino era aromatizado y enriquecido con especias, polen de flores, miel, rosas y era cuando llegaban digamos, los postres: frutas y bizcochos.
Ya luego, cuando todo mundo estaba feliz y deliciosamente ebrio, “alegre” decimos en México, se elegía al “simposiarca”, es decir, al “Rey del banquete” o como define el inconmensurable “Diccionario del Idioma” de don Martín Alonso, era literalmente, el “Presidente del banquete.” En fin, mejores tiempos a estos grises y tristes los cuales habitamos donde policías feroces de la comida (llamados nutriólogos) nos quieren espantar al medir nuestros niveles de grasa, colesterol, aminoácidos, triglicéridos y toda esa terminología de la cual poco o nada entiendo.
¿Usted mide y pesa todo lo anterior? No lo haga señor lector, de todos modos ya muertos, de nada va a servir. Usted vaya al simposio a su restaurante, cantina o bar favorito, ya habrá tiempo para arrepentirse.
Primero disfrute, luego averiguamos.
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