A la mesa con las hadas 1/2

¿Por qué existen Hansel y Gretel y caen atraídos por la malvada bruja la cual tiene una casa con ladrillos de pastel, techos de galletas de jenjibre y sobernas ventanas de caramelo macizo?

Nuestro origen como seres humanos, inteligentes, racionales y pensantes, está unido indisolublemente al fuego. Eso de que los delfines son “inteligentes” no lo creo. Eso de que ciertos simios y changos son nuestros “antepasados” pues ni me va ni me viene. Que son nuestros “primos” dicen los naturalistas, pues menos. No me molesta lo anterior en lo más mínimo, pero tengo una sola pregunta: ¿por qué entonces no ha nacido un grupo, un nuevo grupo de changos o simios que manejen el fuego cono nosotros lo hemos controlado; por qué no hay una manada de marsupiales o hienas que “avancen” (evolucionen, dicen) y se desarrollen para este tipo de menesteres como el uso y control del fuego? En fin, me considero hijo de Dios altísimo, no hijo de un chango.

Consideraciones teológicas aparte, todo lo hemos heredado del fuego: en las noches más altas y cerradas, mientras nuestros antepasados asaban un pedazo de jabalí en las chisporroteantes brasas al fuego vivo, mientras las mujeres repartían el manjar entre la tribu, alguien, alguien con verbo ligero y saliva fácil, empezaba a contar historias, mientras otros de la tribu, reparaban sus sandalias, cosían de nuevo sus redes para pescar o afilaban sus puntas de fecha para dárselas al mejor de sus arqueros. Pero, siempre había alguien que hablaba, que contaba historias, lo cual era igual de importante como el cazador, la mujer de la tribu o el aguador.

Se escuchaba entonces hablar a la gran madre, a la matrona, a la abuela o bien, al gran padre, al viejo, al señor, al senador. Y estos, contaban historias de su folclore (costumbres, creencias, hablares, cuentos, bailes, tradiciones) que iban pasando de boca en boca y de generación en generación y de tribu en tribu. Sólo después, muchos años después (siglos XVII y XVIII en adelante), a esto se le empezó a llamar “cuentos de hadas” (las hadas casi nunca aparecen por lo demás) y se les empezó a etiquetar “para niños.”

Un rápido ejemplo, ¿usted le contaría a su hijo el siguiente cuentecillo, usted le regalaría a su hijo la siguiente historieta, el siguiente libro? De hecho, imagino ya lo regaló, pero en versión deslactosada, sin gluten, sin cafeína. Leamos un breve resumen de tan “bello” cuento: hay un niño esmirriado, “blanco como la nieve, rojo como la sangre”, el cual es despreciado por su madrastra en turno. Como la desnaturalizada madrastra no le quiere ni soporta… le corta la cabeza. La mujer empieza a sentir una especie de “remordimiento”, por lo cual, culpa a la hermanita del pobrecillo niño decapitado y le hace creer que el niño muere por su culpa.

Entonces obliga a la hermanita a que le ayude a cocinar al pobre niño blanco en un “budín negro” (morcilla, pues). El cual, dice el texto, el padre del infante come extasiado al grado de gritar: “¡más, es todo mío!” Puf. La hermanita con todo su dolor, guarda los huesecillos de su hermanito decapitado y los siembra en un árbol, el cual con el tiempo da origen a un ave maravillosa que canta su desgracia… sí, es el niño decapitado. La madrastra muere y el niño regresa de su oscura condición ancilado en la tierra como árbol. ¿Qué texto es señor lector? Es “El enebro” de los famosos Hermanos Grimm en su versión original. La antropofagia es casi común denominador en toda esta literatura “para niños”, la cual se convierte en basura cuando la toca Walt Disney.

¿Por qué existen Hansel y Gretel y caen atraídos por la malvada bruja la cual tiene una casa con ladrillos de pastel, techos de galletas de jengibre y sobernas ventanas de caramelo macizo? Porque están hambrientos y de hecho, en esa época en Europa, había gran hambruna y era normal que los padres dejaran solos a sus hijos en la espesura del bosque, para no verlos morir de inanición… Continuará la próxima semana.

No hay comentarios

Dejar un comentario

Su correo electrónico no será revelado