19 de julio de 2026. New Jersey, USA.
Tras 120 minutos de juego con el marcador empatado, en la tanda de penales para definir al campeón del mundial y en franca contradicción histórica, México metió sus primeros cuatro, por tres del contrario. De meter el quinto, México es campeón mundial, de fallar, a extender el drama.
Julián Quiñones es el elegido para cobrar. Su concentración es tal, que no observa en las gradas a tantos aficionados vestidos de verde que hacen parecer pocos a quienes visten de amarillo con su natural algarabía y sangre liviana. Ochenta mil aficionados en el estadio, más mil quinientos millones de audiencia televisiva, suman más expectativa por un gol que la visita a los templos de las principales religiones del mundo durante el fin de semana. Así de grande es el fútbol.
Pasaron 38 días desde que Julián escribió la primera letra de este mundial marcando gol ante Sudáfrica, el destino le dio la oportunidad de poner punto final a esta edición. Sería la primera vez en la historia en que un jugador abra y cierre con los goles de un mundial.
Mientras avanza hacia el manchón penal el tiempo se detiene para Quiñones. Su mente experimenta esa compresión temporal que precede a los accidentes. Su consciencia viaja muy lejos de ahí y regresa a los caminos de tierra en su remoto pueblo natal, enclavado en las entrañas de Colombia, entre la selva y el Océano Pacífico. Recuerda los días de jugar descalzo sobre el fango, esquivando tanto a los defensas improvisados del barrio como a la cruda realidad de una región asediada por violencia sistemática y olvido institucional. Recuerda cómo se forjó a sí mismo a base de hambre y rebeldía, ganándose el apodo de “Pantera” por ser un depredador frente al arco; de cómo a los dieciocho años, empujado por la necesidad de supervivencia, abandonó su tierra para emigrar a México buscando cambiar su destino. Aquí encontró refugio, oportunidad, fama, y un nuevo himno nacional.
Al acomodar con las manos la pelota sobre la marca blanca, no parece mover un balón de cuatrocientos y pico de gramos, parece cargar el peso de nombres como Hugo Sánchez y Luis García, Rafa Márquez y Guardado, Chicharito y Jorge Campos, y tantos atletas más. Da tres pasos hacia atrás.
El árbitro suena el silbato. Julián inhala profundo, luego expulsa el aire de sus pulmones y enfila. Su botín derecho detona contra el cuero con fuerza bien entrenada. El balón se despega del pasto trazando una recta violenta; nueva compresión del tiempo: todo suspendido en otro abismo temporal donde aún no existen vencedores ni vencidos, distopías o utopías, todo puede suceder. Ráfagas de doscientas cámaras a nivel de cancha iluminan la tarde en el instante preciso en que el portero rival vuela hacia la misma dirección del balón. Todo listo para la distópica utopía, no hay salida para Quiñones: si acierta, gana su país por adopción y pierde su patria natal, si falla, falla a su nueva bandera y da un respiro a quienes comparten su sangre en Colombia.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: DÍA DEL PADRE