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/ 18 junio 2026

DÍA DEL PADRE

Un aguacero, unos tenis deshechos y el Día del Padre revelan que los ciclos de la vida siempre regresan al mismo lugar.

Pensé que conceptos como el eterno retorno, el Uroboro y esa idea de la circularidad de la vida se referían a historias tipo el Rey León, reencarnaciones y eso de que los ciclos aplican a la naturaleza, no al individuo. No podía estar más errado. Esta semana tropecé con la cuestión de que todo gira y gira en carrusel, o en canción de Fito Páez.

Montado en el carrusel a principio de semana, este no giró al son de una epifanía de música clásica, no señor, las revelaciones llegaron luego de un incesante chapoteo sobre el concreto estampado de la Alameda. El aguacero implacable del lunes ahogó los tenis con los que tanto anduve. No era cualquier par: con ellos corrí un maratón quince años atrás. Sí, ya sé que quince años es demasiado para conservar un calzado en tiempos de úsese y tírese, pero si la moda no entra en mi fisonomía por ser la antítesis de los maniquíes de tienda departamental, estiro la vida útil de ropa y calzado hasta que en algún funeral caigo en cuenta de vestir parecido al personaje principal del evento. Llegué a casa con las suelas deshechas. Y apareció el eterno retorno.

Hace menos de diez años, en estas mismas páginas y alrededor del Día del Padre, conté cómo un aguacero echó a perder los zapatos que había heredado de papá más de diez años atrás, mientras atendía una responsabilidad de la que él estaría orgulloso.

Entre aquel aguacero de hace casi una década y el de este lunes, el paisaje se transformó por completo. El hombre que usó suelas de baqueta hoy parece vaquetón, los adolescentes que ayer lo festejaron hoy tienen grados académicos mayores al suyo. Pero el libreto del universo, en su infinita ironía, decidió repetir la escena: junio, lluvia a cántaros y yo regresando a casa con el calzado deshecho. Observando las suelas de mis tenis de maratonista desprendidas como bocas hambrientas, apareció la serpiente mordiendo su cola, el Uroboro.

En contexto y revolviendo más la harina, diremos que un carrusel da vueltas sin parar a través de los años sin que salgan volando los caballos y tigres, las sirenas y cisnes, en parte gracias a un poste de acero anclado en el centro. El eterno retorno de mis zapatos arruinados sería solo una extraña y húmeda coincidencia meteorológica si no fuera por ese eje de rotación que es constante inamovible: el Día del Padre. Pero...

Es tentador pensar que el poste de acero o eje de rotación es uno, y me equivoco de nuevo. Siendo honesto, el que mi calzado termine una y otra vez en naufragio no es heroico, es pendejo. El verdadero giro argumental del carrusel es que el eje central no pertenece al ego del festejado en turno, y entiendo que el Día del Padre es una celebración que apunta en direcciones opuestas donde en ninguna estoy yo:

Por un lado, la celebración irrenunciable hacia mi padre. Es el día para honrar al hombre que me heredó más que un par de zapatos. Y por otro lado, y aquí radica la ironía más hermosa de los ciclos, hoy celebro el tener los hijos que me permiten disfrutar de un aguacero.

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