Hola.
Un clásico de todos los años es hacer un recuento de lo que quedó atrás. Ya estamos en el año nuevo, pasaron las fiestas y, con ellas, los excesos: disfrutamos a la familia, las cenas, los recalentados —que, por cierto, nunca faltan— y llega inevitablemente el momento de hacer un balance de lo vivido a lo largo de estos 365 días.
Y entonces empezamos a pensar en todo lo que hemos bebido: en fiestas, reuniones, eventos sociales y uno que otro encuentro de buen nivel. Al hacer cuentas, la cantidad de alcohol ingerido suele asustarnos. No es raro que entre los propósitos de inicio de año aparezca la intención de bajar —al menos un poco— el consumo. Y no, no se trata aquí de hablar de alcoholismo, sino de invitar a la reflexión.
Vale la pena pensar que el pobre hígado no solo recibe alcohol, sino también una generosa carga de comidas grasas. En el norte, la gastronomía por excelencia gira en torno a la carne de res y de cerdo, ambas con alto contenido graso. Si a esto sumamos grasa animal más alcohol, el resultado puede ser un hígado graso; y si las cantidades se elevan, tanto de comida como de bebida, el riesgo se multiplica.
Si pudiéramos entrevistar al hígado, seguramente tendría muchas historias que contar: los dulces, las bodas, las reuniones de trabajo, de primos y amigos, las salidas nocturnas, los eventos sociales... un cúmulo de excesos que, en muchos casos, podríamos haber evitado con un poco de moderación.
Hagamos un ejercicio sencillo. El año tiene 52 semanas. Si salimos la mitad de ellas y consumimos, en promedio, 600 ml por ocasión, el resultado comienza a ser preocupante. Dos cervezas equivalen a unos 700 ml; una botella de vino, a 750 ml; y una copa de ron, tequila o mezcal ronda los 80 ml, aunque con mayor carga alcohólica. Al final, el promedio anual puede llegar a los 35 litros de alcohol. En números, es alarmante. El hígado no está diseñado para soportar esa carga, y si además se le suman alimentos ricos en grasa —como la carne de cerdo o los embutidos— su capacidad se va deteriorando.
¿Cómo evitar el hígado graso? En apariencia es simple: beber con moderación y reducir el consumo de alimentos excesivamente grasosos. Bajarle a las carnitas, a los menudos y a las comidas muy condimentadas puede marcar una diferencia importante. Si se va a beber, elegir opciones menos agresivas también ayuda. El vino tinto, por ejemplo, además de producir placer, aporta polifenoles, minerales y antioxidantes que benefician al organismo y, en su justa medida, resultan menos dañinos para el hígado.
Evitar los alcoholes destilados, mantener una alimentación equilibrada y ejercitarse con regularidad son hábitos clave. El movimiento ayuda a que los órganos internos trabajen de manera más eficiente y saludable.
Que este recuento de daños nos invite a reflexionar. Beber con moderación siempre será la mejor decisión. Y recuerde: dos copas de vino tinto al día, para muchas personas, pueden resultar benéficas.
Mis mejores deseos para este 2026. Arranca un nuevo ciclo que, como siempre, estará lleno de tentaciones: la rosca de Reyes, los tamales de la Candelaria, los pasteles de cumpleaños, Semana Santa, vacaciones de verano, graduaciones, fiestas patrias, discadas, los atracones del Día de Muertos, las posadas, la Navidad, el recalentado, el Año Nuevo... y otro recalentado más.
¡Salud y viva el vino!