LOS LABERINTOS DE LA VIDA… MI CASA PARTE 2

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Saludos mi estimado lector. Retomando el relato de la semana pasada, donde comencé a darle una descripción de lo que fue crecer en mi casa en Guadalajara. Le decía que era un lugar muy especial, el jardín siempre tan vasto de vegetación era uno de mis lugares favoritos, se podían admirar diferentes árboles, arbustos, flores y pequeños rincones llenos de misterio a mis ojos infantiles, en el patio central.

Existía un cuarto que Doña Zulema utilizaba de “tilichero” o eso es lo que ella decía, un cuarto exclusivo para guardar todos los lienzos a medias, ollas viejas, caballetes rotos, marcos sin cuadro, cuadros sin marco, arañas de todos tamaños, gatos que encontraban el perfecto escondite …

A mi recamara, por fin le pude decir mía al darle la despedida a la última de mis hermanas cuando la atrapó el deseo de “formar familia”. Gracias a esto pude disfrutar de la mejor vista y espacio de esta casa, era la última habitación, la que estaba al fondo, por lo tanto yo estaba aislada de todos y de todo.

Por un lado con vista al jardín y al hermoso rosal que tenía más de 20 años deleitando el olfato a través del ventanal principal y por el otro, con un pequeño balcón del que se disfrutaba la vista a la barranca.

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Ahí fue cuando aprendí a disfrutar mi espacio en compañía de la música y de los amigos que siempre “desfilaban” por mi casa, me gustaría decir que me visitaban solo a mí, pero no, Doña Zulema con su personalidad tan cautivadora siempre la hacía de filtro para pasar a mis aposentos.

Esta situación era de lo más común, lo primero hacer la invitación de un cafecito al que nadie se negaba, acto seguido sentarnos en el comedor; la música de piano en el fondo de la radiodifusora local (siempre encendido) era el ambiente perfecto para comenzar el interrogatorio, normalmente el tema del día tenía referencia al libro que ella estaba leyendo o simple curiosidad por saber la opinión de la juventud, mis amigos  le hacían segunda con la mayor facilidad, muchas veces sin darnos cuenta ya se nos había pasado la tarde.

Don Rodolfo causaba el efecto contrario, su temperamento un tanto dictatorial y aspecto a la Hitler, causaba un poco de temor e incertidumbre a los que me visitaban y tocaba la casualidad que mi padre estuviera en casa, aunque el que se daba el tiempo de convivir un poco más, conocía el alma noble e infantil de mi padre.

Todas para él éramos “brujas” así nos decía de cariño cuando fuimos niñas. Este término se transformó por: “ya llegaron los borrachos (mis amigos)” por ahí de los 19.

La cuestión es que jamás me negó un permiso o alguna amistad, él decía que: “todos servimos para algo, aunque sea para ser pendejos”, frase que ahora comprendo muy bien.

La historia sigue, mi estimado lector. Espero esté en paz y tomando las precauciones necesarias ante la contingencia. Hasta el otro viernes se despide su siempre agradecida tapatía anorteñada.

 

María Arquieta
María Arquieta

Tapatía viviendo la experiencia norteña, diseñadora de modas de profesión, amante de las expresiones humanas artísticas, coach ontológico, formándome para ver amor, donde los demás no lo creen posible.

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