Hola amigos, ¿qué tal? Les cuento que, con esto de los teléfonos inteligentes y en uno de los pocos chats que tengo, surgió una duda entre los compañeros del grupo Comunidad Culinaria, integrado por amantes de la buena comida y la bebida: ¿cómo iniciar en el vino a los cerveceros que no disfrutan del vino?
Me pareció un reto interesante porque, aunque parezca extraño, hay personas que sólo quieren beber cerveza y además son grandes conocedoras. Saben cuándo está fría, “muerta” o “quemada”, manejan un sinfín de conocimientos empíricos, pero desconocen el amplio universo de vinos, licores y destilados.
Vamos por partes. El bebedor de cerveza tiene el paladar acostumbrado al lúpulo y la malta, sabores con cierto amargor. Al probar vino, esa sustancia alojada en las papilas gustativas llamada cinarina puede hacer que la sensación en boca resulte mucho más amarga. El problema suele comenzar cuando alguien inicia la comida con cerveza —“una para la calor”, dicen— y después intenta pasar al vino.
A esto se suma que, en muchos restaurantes, el mesero no tiene el tacto ni el conocimiento para vender vino. Quizá por cultura, desconocimiento o simple falta de capacitación. Y quiero aclararlo: no tengo nada contra la cerveza, maravilloso producto elaborado con agua, malta y lúpulo. Pero si quiero disfrutar plenamente una comida, prefiero armonizarla desde el inicio con vino: un blanco bien frío para comenzar y, si el plato tiene más intensidad, pasar a un tinto.
Claro que la cerveza también tiene excelentes maridajes. Va muy bien con ensaladas, tomates y mariscos; contrasta con la cocina oriental y las salsas de soya; acompaña carnes bien sazonadas si se eligen cervezas oscuras y con cuerpo; armoniza con pescados como atún, sardina o salmón; suaviza comidas picantes o muy especiadas y, en el terreno del postre, una cerveza negra puede combinar magníficamente con el chocolate.
Como verán, el mundo del vino y la cerveza abre un abanico enorme de posibilidades. Y esta batalla apenas comienza. Espero sus comentarios.
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