Por consejo médico compré unos lentes transicionales para proteger los ojos de la resolana —el ojo claro no es ninguna gracia si naces por debajo del trópico de cáncer—, además, hube de graduarlos progresivos porque de lejos veo bien, pero observando de cerca, nada me parece igual. Yo ya veía muy borroso, vivía con los ojos rojos, ¿Se puede vivir así? Sin ninguna duda, sí; pero andar a media vista no es lo más recomendable para transitar el mundo: no alcanza uno a distinguir cilantro de perejil, la brecha entre hogar y casa, ni al honorable del transa.
Luego, en algo que considero un signo de buena clase aunque mis amigos dicen que es por pura economía, me voy por lo utilitario siempre que lo respalda un maestro del oficio: mi equipaje es Samsonite y no Louis Vuitton, una pluma Parker sobre una Mont Blanc, y en deportes de balón, en una cancha de tenis o hasta en el campo de golf, con equipamiento Wilson siempre di buenas batallas. De ahí que me decidí por unos Ray Ban... de los que traen camarita y hasta razonan por mí. Me gusta pensar que lo práctico no está peleado con lo profundo y que es bueno tomar lo bueno que nos ofrece el mercado.
Y entre muchas novedades que tienen mis gafas nuevas, está la de escuchar por las patillas lo que el celular quiera enviar. Créeme, no es comercial, pero la calidad de sonido es increíble. Entonces las uso durante todo el día con un telón de música ligera y manos libres que recuerdan una popular teoría de la evolución humana. Ya te imaginas aquello: va el volumen muy bajito andando solo en mis cosas, un poquito más arriba para escuchar lo importante, hasta el tope de volumen si estoy enfrente de un necio. Pero no se trata de eso. Los he disfrutado tanto porque, a diferencia de unos audífonos que no me dio por usar, con esta tecnología no me aíslo de tu mundo mientras disfruto del mío. Sí, mi algoritmo suena al fondo, pero yo te escucho a ti.
Me gusta pensar que si bien es cierto que soy anónimo eslabón en esa infinita cadena que engarza con los engranes de un engranaje mayor que nadie sabe asumir, también en verdad hay cierta felicidad por hacerme de unas gafas, por cuidar de lo que veo y la forma en que lo veo. Así fue que todo se conjugó para conseguir mis lentes: ¿el médico?, recetó, la tecnología se dio, los financié con, con, ¿con qué sé yo?, la pequeña óptica ganó, y un amigo me atendió.
Pues entonces aquí estoy, sigo con las gafas puestas luego de un día torrencial, lo empañado de las micas es perfecta coyuntura para no mirar afuera y buscar qué tengo adentro; a cerrar redes sociales, podcasts, noticias y comerciales, pongo el volumen a modo, me zambullo entre mis gustos en ese algoritmo tan mío, mi otra huella digital, en ese rastro de vida que tanto dice de mí, más que la declaración de impuestos, más que el diploma y la foto, más que el curriculum vitae. Antes de quedar dormido me quito mis gafas nuevas, las conecto al cargador que les transfiere energía, ya no les presto atención, mañana será otro día.
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