Durante mucho tiempo me hice esa pregunta. ¿Porqué permite Dios el sufrimiento? ¿Por qué hay enfermedades, pérdidas, injusticias, cosas que simplemente no entendemos?
Hasta que un día, leyendo la Biblia, encontré estas palabras de San Pablo: “La creación entera gime y sufre dolores de parto”. Romanos 8, 19-22.
Vivimos en un mundo herido. Y aunque no siempre podamos entender por qué suceden ciertas cosas, hay algo que sí podemos saber: Dios no se aleja de nosotros cuando llega el dolor. Muchas veces, es precisamente ahí donde sale a nuestro encuentro.
Sus discípulos le preguntaron a Jesús por un hombre que había nacido ciego: “¿quién pecó, él o sus padres?”. Y Jesús respondió que no había sido por el pecado de ninguno.
Qué importante es recordar esto: lo malo que nos sucede NO es un castigo. Dios utiliza esas circunstancias para salir a nuestro encuentro.
Y entonces pienso en mi propia vida.
Cuando me fui a Milán a estudiar la maestría que siempre había querido, vivía a dos edificios de una iglesia. ¿Saben cuántas veces fui a misa? Una.
Y recuerdo que caminaba hacia la escuela pensando: estoy estudiando en Milán, en la capital de la moda. ¿Por qué no soy feliz?
Hoy entiendo por qué. Había conseguido muchas cosas, pero había dejado a Dios fuera de mi vida. Después llegó una tormenta que yo nunca habría elegido. El cáncer. Pero en medio de esa tormenta, Dios salió a mi encuentro. Hoy quizá no tengo muchas de las cosas que antes creía necesitar para ser feliz. Pero tengo algo mucho mejor: paz. Voy a misa. Leo el Evangelio. Hablo con Él. Aprendo a conocerlo. Y poco a poco entiendo que la pregunta no es “¿por qué Dios permite esto?”, sino: “¿qué pasaría si, en medio de esto, le abro la puerta?” Porque Dios a veces no calma la tormenta inmediatamente. Pero si se lo permitimos, él siempre sale a nuestro encuentro y sube a nuestra barca para atravesarla con nosotros. Si hoy estás pasando por un momento difícil, no pienses que Dios se ha olvidado de ti. Tal vez, en medio de aquello que nunca habrías elegido, Él está saliendo a tu encuentro. Déjalo entrar. Deja que se siente a tu lado. Y atraviesa la tormenta con Él. A lo mejor las cosas no volverán a ser como antes, pero aun así tendrás paz y alegría en tu corazón.
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