Desde Saltillo, los trazos de María Coco han encontrado lugar en librerías de España y Estados Unidos. Sus libros, poblados por animales, colores contenidos y texturas visibles, invitan a detenerse; mirarlos implica tiempo.
Esa pausa, hoy, tiene otro peso: la maternidad. Antes de ilustrar libros infantiles, su camino no estaba claro. Estudió diseño gráfico en Saltillo mientras su vida giraba en torno al ballet. La carrera fue, al inicio, una decisión práctica. La ilustración apareció tarde, casi por accidente. Pero cuando llegó, se quedó.
“Todos los proyectos que tenían que ver con ilustración... mi corazón era como ‘ay, esto’”, reflexiona la artista. No había plan, pero sí certeza de vocación.
Tras graduarse, trabajó en diseño digital. La computadora era su espacio. Hasta que decidió buscar fuera. Encontró una maestría en ilustración en el Reino Unido y viajó para probar. No volvió igual.
Allá, el proceso cambió. Experimentar era obligatorio: pintura, serigrafía, capas. Lo hecho a mano pasó al centro. “Si no experimentabas, estabas perdiendo el tiempo”, comparte María Coco.
Ahí definió su lenguaje: reducir para entender, elegir menos para decir más. También encontró otra forma de pensar el tiempo.
La serigrafía marcó el desarrollo de su estilo visual.FOTOS: LUIS MELÉNDEZ
La importancia de la pausa
Años después, cuando su carrera tomaba forma, nació su hija, y el ritmo cambió. No hubo transición, hubo corte.
“Como que no podía pensar, solo estaba en modo robot”, explica. El tiempo se fragmentó y pensar una historia larga se volvió difícil. Pero ilustrar, no.
En ese periodo trabajó en proyectos donde solo dibujaba y la historia ya estaba resuelta. Fue su forma de seguir sin exigirse más.
Pero la pausa también trajo otra mirada. “La maternidad hace que frenes el ritmo... y en esa pausa te encuentras contigo”, dice María Coco. La búsqueda cambió de lugar. “Ya no busco afuera, sino en lo que tengo cerca: mi niña, mi día a día”.
La maternidad modificó su ritmo de trabajo creativo.FOTOS: LUIS MELÉNDEZ
No hay épica, hay ajuste. La maternidad no ordenó su vida; la obligó a replantearla. Hubo pausa, decisiones y apoyo. Buscó una agente, retomó contactos, reorganizó su trabajo.
Ese paso cambió su carrera. Con representación en Estados Unidos, sus libros comenzaron a moverse distinto. Mejores acuerdos, proyectos más claros. Pero el cambio más importante ocurrió en su proceso.
El uso de colores limitados es parte central de su lenguaje.FOTOS: LUIS MELÉNDEZ
Mirar hacia adentro
Si algo define su trabajo es cómo surgen sus historias. No se fuerzan. Aparecen cuando algo resuena.
“Voltear a ver dentro de ti... qué es lo que te mueve”, analiza. Las historias siguen viniendo de la naturaleza o la música. Pero ahora también del cansancio, del silencio y de lo simple. De mirar de cerca.
La maternidad no desplazó su creatividad, la volvió más selectiva. Escuchar, esperar, no forzar y dejar que los personajes aparezcan. Esa forma de trabajar exige pausa. Justo lo que la maternidad pone a prueba.
Sus libros recientes, como “Dogs Love Books, Too” y “Cats Love Books, Too”, muestran dos ritmos. Uno surge desde lo cercano y el otro se construye con distancia.
Ambos sostienen lo esencial: capas, texturas, huella de la mano. Lo imperfecto. La maternidad, como sus ilustraciones, no es uniforme. Tiene pausas, bordes y ajustes.
Hoy, entre entregas, crianza y silencios interrumpidos, su trabajo crece desde otra lógica. Ya va con menos prisa y más claridad. También con una intención más concreta.
En su proceso, la intuición define el rumbo de cada historia.FOTOS: LUIS MELÉNDEZ
“Me gustaría que mis hijos encuentren libros donde vean la magia de lo simple... pero también historias que les regalen una sonrisa”, comenta la ilustradora.
No todo tiene que explicar algo, a veces basta con acompañar, sostener una idea, un ritmo y un trazo. Incluso cuando el tiempo ya no le pertenece del todo.