Enero llega con una promesa silenciosa: empezar de nuevo. Lo repetimos casi como un mantra. Comer mejor, dormir más, hacer ejercicio, “ahora sí cuidarnos”. Sin embargo, año tras año, muchas personas arrancan con la misma sensación: cansancio, inflamación, falta de energía, cambios de humor, dolores que ya parecen parte de la rutina. El problema no es la falta de intención, sino que nos hemos acostumbrado a no sentirnos bien.
¿Y si el cuerpo no estuviera fallando? ¿Y si, en realidad, estuviera hablando?
Para Carolina Arizabalo, ingeniera en Sistemas de Formación, docente por vocación y Health Coach certificada por el Instituto de Nutrición Integral de Nueva York, la enfermedad no es un castigo, ni un error biológico. Es un mensaje. Uno que llevamos años sin aprender a interpretar.
Motivada por un tema de salud familiar, Caro lleva más de 15 años dedicada a la nutrición funcional, con especialidad en equilibrio hormonal, salud digestiva, inflamación celular y alimentación consciente. Su enfoque no gira alrededor del peso, ni de las dietas temporales, sino de algo mucho más profundo: nutrir para sanar.
Desde su consultorio, Caro Arizabalo acompaña a sus pacientes a leer las señales del cuerpo y atender la raíz de sus desequilibrios.Foto: Alejadro Rodríguez
La enfermedad como desnutrición celular
“La nutrición funcional parte de una idea muy clara: la enfermedad es una desnutrición celular”, explica. Las células necesitan nutrientes específicos —vitaminas, minerales, aminoácidos y ácidos grasos— para cumplir su función. Cuando estos faltan, la célula deja de trabajar correctamente y, con el tiempo, el cuerpo manifiesta síntomas.
“El cuerpo no se enferma por deficiencia de medicamentos”, explica Arizabalo. “Se enferma porque llevamos años sosteniendo hábitos que desnutren a nuestras células”.
Dolores de cabeza, caída del cabello, estreñimiento, inflamación, insomnio, falta de energía, dependencia al café o a los estimulantes: nada de eso es normal, aunque lo hayamos normalizado. La nutrición funcional enseña a leer esos signos no como molestias aisladas, sino como señales de alerta.
Por eso, Arizabalo aclara que su trabajo no consiste en imponer dietas para bajar de peso. “No me dedico a dar una dieta que ignore todas esas señales y solo obligue al cuerpo a perder peso. Eso no funciona”.
El peso, cuando se equilibra el cuerpo, se ajusta solo. El objetivo real es recuperar el bienestar físico, mental y emocional, y reducir la dependencia a medicamentos.
El error con el que arrancamos cada año
Uno de los errores más comunes —no solo en enero, sino todo el año— es pensar que estamos “empezando una dieta” con fecha de caducidad. Eso, dice Arizabalo, no funciona.
Lo que sí funciona es la motivación auténtica: ese momento en el que la intuición dice “ya no más”. No importa si es 5 de enero o 24 de diciembre. El cambio real comienza cuando dejamos de buscar soluciones temporales y entendemos que estamos construyendo un estilo de vida.
No se trata de la primera dieta del año, sino de la última.
Vitaminas, minerales y nutrientes esenciales forman parte del enfoque integral de la nutrición funcional.Foto: Alejandro Rodríguez
Nutrir no es solo comer
La alimentación es el cimiento, pero no es lo único. Nutrir a la célula implica también dormir, moverse, hidratarse, manejar el estrés y encontrar sentido en lo que hacemos cada día.
“El hambre no es el enemigo”, afirma. “Es un indicador de deficiencia de nutrientes”. Cuando una persona llena su plato con alimentos de alta densidad nutricional y elimina lo que no nutre, el hambre disminuye de forma natural. No por restricción, sino porque el cuerpo está satisfecho.
Dormir bien no es negociable. Ocho horas de descanso real, preferentemente nocturno, son clave para la desintoxicación, el equilibrio hormonal y la regulación emocional. Dormir de madrugada no tiene el mismo efecto reparador que dormir temprano. No por casualidad, el insomnio se ha convertido en una epidemia silenciosa.
El ejercicio, aunque indispensable, también puede ser un factor de desgaste cuando se convierte en exceso. “Entre más le pedimos al cuerpo, más tenemos que nutrirlo”, explica. Sobreejercitarse sin dormir, ni comer bien es otra forma de agotamiento.
El intestino: el segundo cerebro
Hablar de bienestar sin hablar del intestino es imposible. No por nada se le conoce como el segundo cerebro. En sus paredes vive cerca del 70 por ciento del sistema inmunológico y una microbiota que influye en hormonas, emociones, energía, piel y salud cognitiva.
Si alimentos saludables como verduras, grasas o proteínas inflaman, el problema no es el alimento, sino la digestión. La meta no es eliminar esos alimentos, sino sanar el sistema digestivo hasta poder asimilarlos correctamente.
Una buena salud intestinal se refleja en evacuaciones sin esfuerzo, ausencia de inflamación, buena tolerancia a los alimentos y un sistema inmune fuerte. Cuando eso no sucede, el cuerpo lo manifiesta con ansiedad, depresión, cansancio crónico o enfermedades inflamatorias.
“Nutrir para sanar” es la premisa que ha guiado su trabajo durante más de 15 años. Foto: Alejandro Rodríguez
Inflamación silenciosa: la raíz de las enfermedades crónicas
Las enfermedades crónicas no aparecen de la noche a la mañana. Se “cocinan” durante años a partir de hábitos inflamatorios. La inflamación celular —silenciosa, invisible, indolora— es el terreno donde se activan condiciones genéticas como diabetes, enfermedades autoinmunes o problemas hormonales.
La buena noticia es que, en cualquier punto del proceso, es posible revertir el camino. Cambiar la alimentación, reducir toxinas y aprender a manejar el estrés permite desinflamar las células y recuperar el bienestar, incluso cuando ya existe un diagnóstico.
Comer también es emoción
La relación con la comida va más allá de los nutrientes. Comer es placer, cultura, celebración y vínculo. El mismo alimento se metaboliza de forma distinta según el contexto emocional.
No es igual comer un pastel en una reunión familiar, sin culpa y con alegría, que hacerlo a solas, con ansiedad y culpa. Las hormonas del estrés influyen directamente en cómo el cuerpo procesa lo que comemos.
Por eso, la nutrición funcional también trabaja la alimentación consciente: aprender a distinguir entre hambre fisiológica y hambre emocional, escuchar los antojos como mensajeros y entender que las emociones no se resuelven con comida.
Dejar de ser paciente y volverse protagonista
“Hay que dejar de ser pacientes”, dice Arizabalo. Dejar de esperar que alguien más nos diga qué hacer y asumir el rol de protagonistas de nuestra salud.
Eso implica aprender el idioma del cuerpo, confiar en la intuición y estar dispuestos a renunciar —poco a poco— a lo que nos enfermó. No desde la rigidez, sino desde la conciencia.
No existe una dieta mágica, ni una fórmula eterna. Las necesidades cambian con la edad, el contexto y las etapas de la vida. La clave está en escuchar, ajustar y volver a equilibrar.
Para Caro Arizabalo, la salud también se cultiva en el equilibrio entre cuerpo, mente y entorno. Foto: Alejandro Rodríguez
Empezar el año desde la raíz
Iniciar el año no tiene que ver con castigarse, ni con exigirse más. Tiene que ver con escuchar mejor. Con nutrir de verdad. Con entender que sentirse cansado, inflamado o desconectado no es normal, aunque sea común.
La meta no es solo verse bien. La meta es sentirse impecablemente bien. Y ese, quizá, sea el mejor propósito de año nuevo.