¿Detectives o Gourmets? 2/2

Comer, ir a la tabla, es lo que bien saben hacer varios detectives, personajes de novela los cuales no pocas veces devienen en gourmets

La buena literatura, los buenos libros de narrativa (cuento, novela, policiacos, suspenso, thriller y claro, novelas de amor o desamor, para el caso es lo mismo), se dejan leer de una sentada, tienen algo qué contar y entretienen. Tienen eso que se la llama verosimilitud literaria. Les creemos. Estos buenos libros son, en voz de don Miguel de Cervantes Saavedra, “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos.” Así lo escribió en su inconmensurable “Don Quijote de la Mancha” en su capítulo VI. El episodio es harto conocido en las andanzas y aventuras del hidalgo, es cuando el cura y el barbero se entregan al expolio y escrutinio al quemar parte de la biblioteca de don Quijote. Justo cuando van a lanzar al fuego ardiente un buen lote de libros, cae uno a los pies del barbero, antes de cruzar el ventanal.

Era “Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.” A lo cual el cura exclama con gran ruido y voz, una apología de dicho libro donde se lee: “… señor compadre, que por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen.” (Capítulo VI, página 36. Edición de 1986 con grabados e ilustraciones de Gustav Doré). ¿Lo notó? Ya desde el siglo XVII un genio como el de Cervantes, hacía notar que en los buenos libros debe de avanzar el tiempo, las anécdotas, a la par de que sus personajes vayan al baño, duerman y claro, vayan a la tabla a comer. Y comer, ir a la tabla, es lo que bien saben hacer varios detectives, personajes de novela los cuales no pocas veces devienen en gourmets.

Uno de los ejemplos y arquetipo más señero al respecto es sin duda Pepe Carvalho, creado por Manuel Vázquez Montalbán. “Se vive solamente una vez”, dice a la letra uno de los boleros preferidos por el investigador Carvalho, y en esta vida efímera, poco o nada se compara al placer de ir a la mesa. En un texto, Vázquez Montalbán justifica así su propuesta: “Las novelas… no sólo son propuestas de divertimento, sino también de reflexión crítica y de conocimiento. ¿Por qué no el conocimiento de la gastronomía?” En una novela, “El premio”, uno de los personajes pone una especie de examen al detective sobre los manjares que acaban de disfrutar, donde por cierto, se alude a un cocinero “real”, Alfonso Dávila, chef del restaurante “Jockey” de Madrid. Dice el narrador: “… en el entrante es fácil adivinar la combinación de gusto entre el ahumado, las ostras, la hierbabuena y una punta de nuez moscada.

Es una combinación excelente de la concreción casi obsesiva del ahumado con la ligereza marina de la ostra, e igual combinación se establece entre la nuez moscada, un sabor tan determinado, y la de la hierbabuena, un sabor tan abierto… los pichones de Talavera rellenos estilo Jockey dependen no sólo del punto de la carne, porque el pichón se vuelve harinoso si está demasiado cocido, sino del equilibrio del relleno, que parece fácil de conseguir, pero no es así. La trufa puede poner malicia exquisita en cualquier relleno pero también arruinarlo…” ¡Caramba! Lo anterior bien lo pudo haber deletreado Arzak, Juan Ramón Cárdenas, Enrique Olvera o Santi Santamaría. ¿Detectives o gourmets? Sin duda, regresaré al tema. Mucho por explorar.

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