UNA SOPA PARA EL ALMA

JESÚS R. CEDILLO

Si algún día me caso, estimado lector, o bien me quedo con alguna buena  mujer –cosa casi imposible, las buenas mujeres, al parecer, sólo existen en los sueños y, claro, vaya usted a saber qué sueñan o con quién sueñan a la vez las ingratas, no obstante estar acompañadas por uno en mullida cama–, de comer sólo le pediría una cosa: una sopa aguada. Así de sencillo. Una sopa casera aguada. De preferencia, de lentejas. No un bistec grande y con enorme hueso, no un guiso barroco, no un chile relleno, no albóndigas al chipotle, no costillas de carnero en su jugo, no… en fin, nada me complace más que una sencilla pero rica sopa aguada.

Usted lo sabe porque aquí lo he escrito, mi favorita es una sopa de lentejas. Sería casi feliz comiendo diario una bíblica sopa de lentejas. Insisto, ahora que ya soy viejo, y si llega a mi vida la mujer de mis sueños, lo único que le pediría para dar mi mano y brazo a torcer, es que sepa cocinar buenas sopas aguadas. Sí, acepto. Y es que, no obstante el calor y temperaturas infernales que nos asisten ya, no hay nada mejor que comer una buena sopa al mediodía o bien ya pardeando la tarde. Y la cocina mexicana es pródiga en potajes y sopas. No todo es chile, tortillas, sal y frijoles. En el libro “Cocina mexicana” del Premio Cervantes Fernando del Paso y su esposa, Socorro, se cuenta de una “sopa fría de mango”. Ha de estar de escándalo, pero aquí en el pueblo nadie la ha preparado. En Guadalajara ya hay un restaurante que tiene este platillo.

Hay tal cantidad de sopas y potajes como regiones, gustos y cocineras y cocineros en el país. No se diga en el mundo. Escapa a mi pálida pluma y comprensión. En una de las varias biografías de “papá” Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura y periodista que naufragó en alcohol, se cuenta de la rutina de éste en sus constantes etapas de vida y escritura en Cuba. La estampa es de Norberto Fuentes y el volumen se titula “Hemingway en Cuba”, libro de 1984. Por éste, sabemos que Hemingway se levantaba al alba a trabajar. Escribía de pie cuatro horas seguidas con una botella de champagne en su mano izquierda.

Luego, se sentaba a comer reverencialmente una sopa de tortuga licuada y carne de aguja. En este sentón, se vaciaba tres botellas de vino; luego deambulaba, paseaba por la isla y remataba en el célebre bar “Floridita” y se refilaba alrededor de catorce daiquiris. Luego, para que su casera (Mary Welsh) no lo regañase, regresaba temprano a su morada a dormir la mona. Alguna ocasión probé sopa de tortuga en Isla Mujeres. Hace tiempo, en honor a la verdad.

Alejandro Dumas era de buen yantar. Viajó por toda Europa recopilando recetas y, claro, comiendo todo lo comestible posible. Lo dejó escrito en su obra portentosa, incluyendo, claro está, un libro del que ya le he dado cuenta aquí: “Diccionario de cocina”. Volveremos con un texto más al respecto; pero con esta maldita pandemia, nada más reconfortante que una sopa para entibiar el alma…

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Jesus R. Cedillo

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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