SUBIR BAJANDO

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Todo comenzó cuando acudí al masajista luego de cargar la maleta de equipaje: nadie me avisó que a cierta edad debí hacer estiramientos y calistenia antes de vaciar garrafones, para subirme a un caballo o cambiar la llanta al coche. Hubo un tiempo feliz en el que mis articulaciones y músculos estuvieron dispuestos para pasar de cero a cien con el único preámbulo de la voluntad para hacer algo.

Es el trágico momento donde llega la conciencia del cráneo lleno de canas y una cara con arrugas, cuando ya no solo necesito anteojos para leer las letritas de los contratotes, sino hasta para ver los canales de adultos en la televisión de paga. Es cuando también sé que la letra de los contratos nace muerta para algunos y un simple apretón de manos basta y sobra para otros, y que los canales para adultos sirven solo a los pubertos. Pienso que cada cana es un surco de experiencia y que las arrugas son el color de las risas, y que el grisáceo cabello ahuyenta a los timadores y que el arado del rostro esconde, además, lágrimas rancias.

Camino con menos prisa para pisar con firmeza, no compro más fantasías y busco vender conciencia, el tiempo ya no es mi aliado y se convierte en verdugo, no hay más cupo para enfados, ni para obviar desengaños, lo que me molesta ignoro y al traicionero descarto; ya no corro a guarecerme en una tarde lluviosa y disfruto más del sol cuando se muestra radiante. No hago caso a lo que digan, me ocupo de lo que soy.

Mi referente en la historia ya no es el truncado Kennedy universal, sino el longevo Mujica del litoral, el virtuoso y joven Mozart dejó de asombrarme tanto al ver las glorias tardías del perene Saramago. No más Morrison o Hendrix, ni Mercury o Kurt Cobain, mi paradigma de hoy se parece más a Jagger o al McCartney siempre light. Y en cuestiones religiosas, ya le rezo más al padre que al hijo crucificado.

Encuentro mejor sabor en las uvas destiladas y en la nata fermentada que en la leche del estante o la fruta verde y dura. Dejo de perseguir al marranito encebado para ceder al sereno de tener pájaro en mano, me duermo contadas horas por no perderme la vida, consumo poco de todo, pero me gusta pagar el precio por ver el bu‑ et entero. Ya no presto mis oídos a los incesantes ruidos de negras noches pasadas.

En el futuro hay un corte de género femenino, me guiña el ojo y me llama, me dice que de ser gato ya habría perdido tres vidas, capto al aire la advertencia y agradezco su desidia; yo le ruego por más tiempo, sé que un día me va a casar y no ha de soltarme jamás. Claro, a menos que exista Cristo.

Y salí del masajista dispuesto a cambiar mis hábitos: compré un veliz con llantitas y tiré lo que no sirve, me deshice de tiliches y de la ropa andrajosa, de los discos de vinilo y las cartas sin enviar, me quedé con quince fotos y el rollo de hilo dental, una tercia de cronopios y un cuchillo de metal.

No intento cargar en vilo y busco un puntal en todo o cuña para que apriete, ya no salto sin arnés ni soy aval de vivales. Si, quizá mi vista no es la misma y los ojos me traicionan, pero en mi mirar hay brillo, y tal vez no vea muy claro, pero cuando quiero observo, y observo con nitidez.

“A media vida” le llaman al sitio adónde estoy, no ha de ser por aritmética pues pocos llegan a cien. Inicia el segundo tiempo de este juego desigual, donde al pisar cancha pierdes, no importa tu habilidad, la cuna donde naciste o la virtud aprendida, hay un túnel al final por el que todos nos vamos: es el precio de jugar.

Estoy en medio del juego, me apegué a buena estrategia para la primera parte, ha pasado el escarceo y errores de ejecución, he marcado cuatro tantos, pero he sufrido reveses. Y viene lo complicado: vivir más con menos vida; que crezcan las emociones con el tiempo en regresión. Pero es una paradoja cuando voy en deterioro, ¿cómo subir en bajada? Ya lo entiendo, ya lo veo, no juego contra la vida, el partido es contra mí y encontré cómo enfrentarlo, es con táctica sencilla, es clara y original: que, ante el decadente cuerpo, se revele el intelecto.

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