QUIERO SER LIBRE

En estas fechas especiales para visualizar propósitos, ¿qué tal uno tan importante que sirva no solo para nosotros, sino para cubrir y liberar también a los que amamos?

Raras veces nos tomamos el tiempo para indagar en lo más profundo de nuestro ser, pasamos por la vida “justificando” nuestra forma de actuar como producto de lo que hemos vivido. Algunos recuerdan la infancia como la etapa más maravillosa de la vida y algunos otros prefieren olvidarla. 

No visualizamos, tal vez por dolor, a aquella niña del pasado que vivió algo que no debió vivir; aquel niño al que tal vez un adulto le dijo palabras que lo encadenaron; aquel que vivió su infancia con su familia completa, pero padres ausentes. Podría hacer una lista interminable, pero no es el punto.

Suena terrible, pero si miráramos a nuestro alrededor veremos que hay muchos adultos rotos… desde muy corta edad.

¿Qué pasaría si tuviéramos la oportunidad de regresar a ese tiempo donde comenzó este quiebre?, como una especie de viaje en el tiempo.

Yo tal vez me abrazaría con muchísimas fuerzas cuando mi padre enfermó y le diría a aquella niña: “todo va estar bien”. Tal vez aquel hombre que sintomatizó su amargura regresaría en el tiempo y diría: “¡Muchacho, llora, que también los hombres pueden llorar!”

Todos tenemos roturas que remendar, unos más que otros; alguna situación difícil, alguna pérdida que nos fragmentó y quisimos taparla con una cura superficial que sirve, pero al final de cuentas las heridas que no se curan a profundidad se infectan.

Y precisamente esto pasa cuando no nos liberamos mediante el perdón y casualmente siempre tendemos a ser muchísimo más duros cuando se trata de uno mismo. 

El grave problema de esto es que cuando no lo hacemos (ya saben, el ego es canijo) somos los principales culpables de nuestra propia pérdida de libertad.

Hace unos días veía con mis hijos (con un enfoque de mamá) la película de El jorobado de Notre Dame y muchas frases me dejaron turbada y no están muy lejanas a lo que muchos escucharon en su infancia.

El villano de esta obra literaria, por medio de maltratos psicológicos, le hizo creer a  Quasimodo que debería estar agradecido, ya que nadie más lo amaría. 

Pero, ¿qué pasa cuando por fin llegamos a la madurez de concluir: “esto nunca estuvo bien”? Tal vez si nuestro buen amigo Quasi hubiera buscado terapia, hubiera salido más pronto de ahí… Sin embargo, aquel triste personaje ancló todo sueño de libertad por palabras y comentarios que se convertían en cadenas, manteniéndolo cautivo.

Así somos algunos, que detrás de una sonrisa esconden un niño interior lastimado.

¿Qué palabras necesitas decirte a ti? ¿Por dónde empieza tu liberación? ¿Qué áreas necesitas perdonarte y perdonar para ser libre?

Empiezo dando el primer paso.

Pido perdón porque en aquellos momentos de caos, ostentando el título de madre, señalé los errores de mis hijos sin darme cuenta que, lejos de corregirlos, los estaba encadenado.

Me pido perdón a mí misma por culparme de cosas que jamás estuvieron en mi control, así como a todos aquellos que en el paso de mi vida me hicieron algún daño o viceversa. Y aunque suene arrogante, no perdono por ellos, perdono por mí.

Porque al permitir que el aguijón entrara e intoxicara mi mente y corazón perdí tanto tiempo sufriendo por algo que ya pasó que hoy digo: “¡no más!” Tiro toda cadena de creencias erróneas, de falsas expectativas, de cariño no correspondido… ¡Quiero ser libre!

Decía un hombre sabio: párate frente al espejo y no después de bañarte (luego uno se desenfoca y termina viendo lo que cuelga o sobra), pero párate con el propósito de verte frente a frente y perdonarte, que para todo hay un principio y creo firmemente que los monólogos internos deberían ser algo más habitual.

El verdadero cambio comienza desde nuestro interior y, aunque el trayecto puede tardar tiempo, empieza por ver qué tanto pudiste afectar a tu prójimo, si es que arrastrabas contigo alguna raíz de enojo, amargura o tristeza. 

Nuestra familia merece un perdón liberador y a la vez es ejemplo de que incluso los padres nos equivocamos y que tenemos el valor de reconocer nuestros errores.

Y la otra parte que es más difícil: perdonar incluso a aquellos personajes que no son nuestros favoritos.

No más cadenas en casa, para que el día que nuestros hijos vuelen lo hagan con sus alas extendidas y sin cargas.

¿Aceptas el reto?

Cristina Aguirre Rosales

Licenciada en Derecho, egresada de la Facultad de Jurisprudencia, escritora activa. Esposa y madre de tres hijos. Dedicada a la crianza y siempre en la búsqueda de contribuir a su formación y su entorno.

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