OCTAVIO PAZ Y LA GASTRONOMÍA

JESÚS R. CEDILLO

¿Qué hacer en tiempos aciagos como los que hoy vivimos y padecemos con este atroz confinamiento? No lo sé. Soy el menos indicado para dar cualquier recomendación o consejo por un sencillo y simple motivo: vivo de la catástrofe, de un perpetuo apocalipsis que, al parecer, ahora sí ha llegado. Me gusta mi soledad, lo he dicho aquí en varias ocasiones; pero ahora la soledad es obligada y no, eso no me gusta. Nada. La soledad es una vocación y elección, no una imposición.

¿Qué hacer entonces en tantos y tantos días de soledad y confinamiento en nuestra tumba personal llamada casa, residencia? Entregarse a todos los placeres y buscar las resonancias secretas de las sílabas y el alfabeto. Casi, casi tengo toda la obra de ese Premio Nobel de Literatura, el único mexicano de talla universal: Octavio Paz. Y como placer de bibliómano, los libros del sabio poeta mexicano, que no tengo encuadernados en eso llamado tapa dura, pues los mando encuadernar -no en piel (sale carísimo)-, pero sí en derivados: con lomos con costilla, cosidos y con un listón bello y rutilante como separador integrado.

Me he puesto a releer la mayor parte de sus poemas. Y es que usted pensaría que un intelectual de tal talla y seriedad, el que fue dueño de una inteligencia preclara y animador de un sinfín de tertulias y disputas literarias y políticas, no tendría referencia alguna a tema digamos, trivial, como lo es la comida. Craso error. Sus poemas rebosan de ello, de explorar la vena gastronómica. Y usted lo sabe, Octavio Paz fue un viajero empedernido y conoció casi todo el mundo. El siguiente texto es un poema del libro “Ladera Este”, se titula “Canción mexicana”:

Mi abuelo, al tomar el café,

Me hablaba de Juárez y de Porfirio,

Los zuavos y los plateados.

Y el mantel olía a pólvora.

Mi padre, al tomar la copa,

Me hablaba de Zapata y de Villa,

Soto y Gama y los Flores Magón.

Y el mantel olía a pólvora.

Yo me quedo callado:

¿De quién podría hablar?

Los siguientes versos son fragmentos del poema “Viento entero”: “…. / Un adolescente de ojos verdes/ te regaló una granada/ Al otro lado del Amu-Darya/ humeaban las casitas rusas/ El son de la flauta uzbek/ era otro río invisible y más puro/ En la barcaza el batelero estrangulaba pollos/ …” Vea usted que lejos y amén de ser líneas poéticas, también nos cuentan y deletrean momentos, instantes e imágenes que, al final de cuentas, hacen de estos textos verdadera poesía. Y es que en estas últimas líneas aunque se “ve” el plano donde se emparientan los alimentos (un café, un buen vino, una granada, un pollo) con la utilería (una copa, un mantel, la barcaza), siempre nos queda el sabor de seguir leyendo más y adivinar no sólo en sus palabras, sino en sus silencios y espacios en blanco, eso llamado poesía. El temblor de la poesía…

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Jesus R. Cedillo

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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