Sin tiempo para enjugar el rocío de mis surcos pensantes (quitarme el sudor de la frente, en español), fui abordado por una dama y un joven mientras caminaba pensando qué hacer con el resto de la semana. Era lunes ya casi de noche.
—¿Son influencers? — pregunté.
—No, somos de una agencia de noticias internacional— y soltaron una marca conocida.
Él encendió una luz parecida a la que (supongo) te ponen en la procuraduría al interrogarte por tomar prestados unos cigarros del Oxxo o cuando conoces a la familia de tu novia. Ella encendió un micrófono que me recordó el estante de peluches en la alcoba de mis hijas.
En microsegundos rodó ante mi mente una película: mis cavilaciones hechas palabras, viralizadas por el ingenio de este par de periodistas entendidos de cómo se mueven las cosas; sus audiencias, embelesadas ante mi vasta comprensión y claro posicionamiento, compartiendo en sus redes sociales el contenido con familiares, amigos, compañeros de trabajo y el chat de vecinos. Adela o alguien de su talla, buscándome para ahondar en el tema; agentes queriendo representarme y sociólogos haciendo antesala conmigo. Foto con el alcalde, gobernador y el pleno en el congreso. Gerwig, Nolan o Cuarón, llevando al cine la historia de mi manifiesto.
El tiempo en comunicación es oro, lo comprendo. De ahí que entendí las prisas y tono cortante para evitar digresiones que me alejaran del tema, pura carnita querían. Más pronto de lo que yo quise y con harta tinta en mi tintero, él apagó la luz y ella dijo gracias.
Helena, con hache (así dijo llamarse), me pidió mis generales y redes sociales para etiquetarme y enviarme el contenido luego que los medios de comunicación adscritos a su agencia noticiosa publicaran la entrevista. No pude quedarme callado y le dije que también yo colaboro en prensa, cosa que no tuvo en ella el mismo efecto de cuando lo digo ante la policía en un retén. Pero algo se encendió en mí cuando preguntó por mi edad... y aunque hace tiempo que las canas dejaron de ser interesantes para volverse incesantes, pienso que aún hay pista para el vals.
Han pasado dos semanas desde ese lunes. No he recibido mensaje por Whatsapp ni un correo de Helena con hache; quiero creer que su agencia sigue editando mi entrevista para colocarla. Pero a cambio y como un bono extra a mi desinteresada actitud, mis bandejas de mensajes se han llenado de toda clase de anuncios, invitaciones, archivos adjuntos y demás publicaciones que hasta hace poco tiempo estuvieron limitadas a mis intereses, aficiones y trabajos.
Qué ironía: en un mundo que se precia de no ser ingenuo y desconfiar de todo, resulté ser la presa más fácil del pueblo. Caminamos tan hambrientos de relevancia que basta un micrófono de peluche para creernos protagonistas de la actualidad. Nos urge tanto salir del anonimato, que entregamos alma y metadatos al primer espejismo con aro de luz que se cruza.
Seguiré esperando por Helena, con hache. El amigo de la luz puede irse a meter por donde salió.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: EL INSOMNIO DE MACONDO Y UN PRAGMÁTICO EN SALTILLO: LA ÉTICA DEL ATAJO Y LA AMNESIA SELECTIVA