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/ 24 mayo 2026

LA ESPERANZA DE UNA NUEVA COSECHA

Entre rituales, supersticiones y fe, mayo marca el momento más frágil y esperanzador para los viñedos: la floración de la vid.

El mes de mayo es particularmente importante en la viticultura ya que es cuando la vid despierta definitivamente del invierno y comienza la floración. Con esto aparece la esperanza de una nueva cosecha. Sin embargo, no siempre la floración culmina en fruto. Una helada tardía, una plaga o una tormenta puede acabar con las frágiles flores y arruinar la añada. Los viticultores siempre han sido conscientes de que la naturaleza es la que manda. Puede cambiarlo todo en cuestión de horas. En la antigüedad se crearon rituales para proteger las cosechas y la fertilidad de la tierra. A través del paso de los años, cada cultura ha tenido distintas ceremonias para este fin.

En las regiones celtas y mediterráneas se encendían fogatas en los campos para ahuyentar malos espíritus. Se dejaban ofrendas como pan, vino y leche. Se organizaban procesiones en los viñedos para su protección. En la actualidad, muchos viñedos siguen prendiendo fuego durante noches de frío extremo para evitar las heladas, y si bien ahora se tiene explicación térmica para dicha tradición, no deja de tener un origen ceremonial.

Estos ritos fueron absorbidos por la religión cristiana y es cuando aparecen bendiciones para los viñedos, procesiones religiosas y santos a quien encomendar las tierras. Por ejemplo, Saint Vincent, venerado especialmente en regiones vitivinícolas galas.

A pesar de que se transformaron las ceremonias paganas por la iglesia, nunca desaparecieron las supersticiones. En las mayores regiones vitivinícolas, como Francia, Italia y España existe a la fecha la creencia del “mal de ojo”. Una persona con envidia puede echar a perder la cosecha con tan solo mirarla. Se cuelgan amuletos, cintas rojas y cruces para proteger la viña de las malas energías. Una parra sana significa abundancia y como todos sabemos, el éxito siempre despierta celo y resentimiento al vecino.

La floración de la vid representa dos cosas fundamentales: la belleza y la fragilidad. El agricultor sabe perfectamente que tener estas delicadas flores no asegura que vayan a llegar a fruto en unos meses, sería un error celebrar anticipadamente. En consecuencia, la primavera en el viñedo viene con sentimientos de ilusión y miedo, ansiedad y expectativa.

Hoy en día, aunque la viticultura se ve ampliamente influenciada por la ciencia, la naturaleza sigue siendo la que tiene la última palabra. Quizá por eso el mundo del vino conserva costumbres y ritos transmitidos de generación en generación. El humano sigue teniendo el sentimiento intrínseco de que se necesita apoyo divino para salir victorioso. Esa fe que motiva al productor cada primavera a tener la esperanza de que, ese año, será la mejor cosecha.

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