Cuando terminaba una relación o perdía un trabajo, pensaba que era el fin del mundo. No conocía por nombre la ansiedad, pero mi mundo se hacía pequeñito, como cuando cierras los ojos y todo se vuelve negro. No veía cómo las cosas podían mejorar.
Y sin embargo, mejoraban.
Pero no fue hasta que me enfermé que realmente entendí una de las verdades más importantes de la vida: esto también pasará.
Es una frase que me repito casi todos los días.
Por ejemplo, sigo sin encontrar mi estilo y vestirme ya no es tan sencillo como antes. Tuve que adaptar mis brasieres y las blusas con escote dejaron de favorecerme. La mitad de mi ropa está en la costurera para ponerle elástico y que me cierre; la otra mitad la doné porque ese estilo que antes me representaba ya no me favorece.
Quizá piensen que es un capricho superficial, pero la moda era mi identidad, mi forma de presentarme al mundo. Cuando el cáncer me cambió el cuerpo, el armario se convirtió en un campo de batalla donde me topo de frente con la pérdida. No porque “no tengo qué ponerme”; sino porque estoy haciendo el duelo de la mujer que era antes.
Y eso duele más de lo que parece.
Antes podía vestirme increíble en treinta segundos.
Ahora mi círculo cercano opina:
—No me gusta.
—No combina.
—No te ves bien.
—Se nota que no tienes un seno.
Y por dentro quiero gritar.
Me frustro. Me parece increíble que me pidan volver a verme como antes.
Así que los días en que mi mente o los que me rodean quieren convencerme de que esto será para siempre, respiro y recuerdo: que estoy en un proceso y que esto también pasará.
Esta frase no significa que todo se arregla. Hay cosas que no pasan.
La muerte de un ser querido no pasa.
El cáncer no pasa como si nunca hubiera existido.
Las cicatrices no pasan.
Lo que pasa es la desesperación, el miedo y esa sensación de que no voy a poder con esto.
Entenderlo también cambió mi forma de acompañar a los demás.
Antes mis amigas, e incluso desconocidos, me pedían consejos y yo los daba como si mi vida dependiera de ello. Hacía mío su problema y trataba de resolverlo.
Ahora les doy un consejo, pero sin estresarme junto con ellos y termino diciendo:
—Esto también pasará.
A veces siento que estoy siendo fría, porque para ellos quizá sigue siendo el fin del mundo. Pero como mi mundo ya se acabó tantas veces y después mejoró, con esa certeza les digo: esto también pasará.
Aprendí a fluir. Aprendí a no quedarme atrapada en el dolor. Y eso se lo agradezco al cáncer, que me quitó amigos, trabajo, tiempo y parte de mi feminidad.
Y aunque nunca lo habría elegido, me dejó algo valioso: perspectiva.
Ya no vivo por los aplausos. Ya no me da FOMO. Le dije adiós a la Mariana perfeccionista y estoy aprendiendo a convivir con esta versión que no lo tiene todo resuelto y que se equivoca mientras se reencuentra.
Hoy sé que no necesito mucho para ser feliz.
Mientras más la vida me quita, más liviana me siento.