¿ERES ÍNTEGRO?

GABRIELA VARGAS

Pensemos en algunos líderes de la historia. Aquellos cuyo paso por la vida ha colaborado a que este mundo sea mejor. Podríamos pensar en un Gandhi, en Marie Curie, en Martin Luther King, Nelson Mandela, en Florence Nightingale. El arrastre e influencia que han tenido estas personas sobre los demás es incuestionable. ¿Qué características o cualidades podríamos decir que los definen? 

Podríamos decir que en su facilidad de palabra, en su actitud frente a la vida y los problemas, en su capacidad de conectarse con la gente, en ser generosos, humildes y justos. Las cualidades son numerosas. Sin embargo, hay una de ellas que los separa del resto: mantenerse fiel  a los propios  principios, en una palabra: ser íntegros.

Integridad, esa virtud que regula, o debería de regular, nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos. Aquella que nos exige amar la verdad más que a uno mismo, ser fiel a los propios principios y no ponerlos a la venta, y que ordena, o debería ordenar, nuestros actos, nuestras palabras y hasta nuestros pensamientos.

La  integridad se construye minuto a minuto y se pierde fácilmente al vender siquiera un solo principio en aras de mil cosas. Hay quienes los venden por poder, por dinero, por prestigio, por popularidad o por miedo. Judas vendió a Cristo por treinta monedas de plata. Santa Anna vendió parte del territorio mexicano por cobardía. En los deportes se ha sabido de jugadores “vendidos” que se dejan ganar por dinero. Algunos políticos y gobernantes se venden con el fin de ganar una elección. El constructor que acepta utilizar materiales más económicos de los presupuestados está vendiendo un principio; y quizá nosotros mismos lo hacemos al rendirnos al soborno cotidiano, como es llegar a un trato con el agente de tránsito en lugar de pagar la multa. Las tentaciones son fuertes y muchas.

Podemos escondernos de todos, menos de nosotros mismos. Cada vez que cedemos a la tentación de vender un principio, erosionamos, poco a poco, nuestra propia valoración. Y esto no se puede esconder, se nota. Pareciera que la expresión misma en nuestra cara se va transformando. Como el retrato de Dorian Gray, nuestros rasgos se convierten en una manifestación involuntaria de la vida que hemos decidido llevar. Se nota en la mirada, en la postura, en el tono de la voz, en un no sé qué, que lo revela de manera inexorable.

Ser una persona íntegra significa actuar de acuerdo a lo que nuestra conciencia nos dice que está bien. Es no mentir al otro, ni a uno mismo. Aunque esto signifique perder una venta, un puesto político, que nos despidan del trabajo, ganar menos dinero o perder un amigo. Suena y es difícil. Sin embargo, cómo agradecemos cuando nos topamos con personas íntegras en la vida. Personas que son capaces de sostener su palabra, que respetan el derecho de los demás, que son honestas, generosas y justas.

Cuando el honor de una persona supera las tentaciones, sus estados de ánimo y las circunstancias, le proporciona una especie de recompensa psicológica, emocional y espiritual, que se presenta en esa forma de paz y seguridad interior, tan envidiable cuando lo detectamos en los ojos y en la serenidad con la que esta persona se maneja.

Cuando conocemos a alguien así, puede provocar un cambio decisivo en nuestras vidas. Creo que todos podemos recordar haber detectado esta virtud en un maestro, una madre, un líder o en un amigo. Personas cuyo paso por la vida ha colaborado a que éste mundo sea mejor. ¡Cuánta falta hacen hoy en día en nuestro país! Nuestro gran desafío puede y debe ser considerar que nosotros podemos ser uno de ellos.

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Gabriela Vargas

Empresaria, conferencista a nivel nacional e internacional, primera asesora de imagen de México, comunicadora en prensa escrita, radio y televisión, esposa, madre de tres hijos y abuela de ocho nietos.

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