EL CAFÉ LITERARIO ½

EL CAFÉ LITERARIO ½

Las cafeterías son fuente de historias interminables

Es invierno en el paisaje norteño que habitamos. Con frío o sin él, se antoja siempre una taza de café; pero claro, es más placentero cuando el viento hostil del norte llega y nos hace entibiar las manos con la humeante taza de un reconfortante café. “Cómo olvidarte en esta queja, cafetín de Buenos Aires… Sobre tus mesas que nunca preguntan lloré una tarde el primer desengaño.” Reza a la letra un viejo tango de Discépolo y Mores. Puesto de socorros, refugio de los viajeros, hotel de los desvalidos, habitación confortable para la pareja de enamorados, centro de trabajo para los escritores quebrados (dígale lo anterior a la hoy millonaria, J. K. Rowling, madre de Harry Potter)… las cafeterías, los cafés son parte de nuestra historia y forman parte de nuestra cultura y memoria urbana.

¿Cuál fue la cafetería, el primer café fundado en Saltillo? En honor a la verdad, no lo sé. Pero, yo recuerdo gratamente uno de ellos el cual es perfil de mi mapa personal y sentimental: el mítico Café “ARCASA” (todo mundo lo sabe, acrónimo de ese hombre grande como roca, don Armando Castilla Sánchez, fundador de esta casa editora). Otro que forma parte de mi abecedario, el “Viena.” Y cómo no recordar el de don Fermín, el “Quijote.” Este funcionaba más como gratifi – cante cantina que como cafetería, pero bueno, se disfrutaba igualmente un buen brebaje.

¿Quién no lo sabe? Las cafeterías son fuente de historias interminables y episodios señeros. Aquí, lo mismo se conspira para tumbar al político vecino, que hacerle la vida de cuadritos al empresario enemigo. En una cafetería se escribe, entre taza y taza, no pocas veces el mejor cuento o la mejor novela. Insisto, la hoy millonaria J.K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter, el niño mago, es ejemplo muy conocido al día de hoy de ello. César Aira, el argentino exiliado en París, suele escribir sus noveletas que son éxito mundial, en atestados bares y cafeterías con apenas el espacio justo entre sillas, mesas y parroquianos. Aira escribe al vuelo, con pluma atómica sobre rugosas servilletas de papel, las numera y las manda a su editor. ¿Corregir?, Aira espeta que no tiene ni el tiempo ni el espacio para ello… y le creemos.

En la década de los setenta, en San Miguel de Allende, Guanajuato, en el fondo del bar “La cucaracha”, periódicamente se veía a un gringo extraviado entre un sombrero de ala ancha, lentes oscuros, las volutas de humo de su cigarrillo y un vaso de tequila en la mano. Un parroquiano más sin duda alguna; sí, pero da la casualidad que dicho parroquiano era nada más y nada menos que el escritor norteamericano Tennessee Williams, autor de la famosa obra de teatro “Un tranvía llamado deseo.” Hay historias de ciudades completas que giran entorno a sus bares y cafeterías. Cuenta Salvador Novo que la primera cafetería que se abrió en la ciudad de México fue a finales del siglo XVIII. Y buscando el libro de Novo (“Cocina mexicana”), precisamente, encogido entre volúmenes de gruesas páginas, estaba el siguiente libro del cual tenía su ficha en mis cuadernos, pero ignoraba que ya estaba en mis anaqueles: “El café literario en Ciudad de México en los siglos XIX y XX”, para una editorial al parecer, ya extinta, Aldus, de la autoría de Marco Antonio Campos. Un buen libro el cual reseñaremos en la próxima entrega.

¿Cuál cafetería prefiere usted estimado lector? ¿A cuál es asiduo? A un Café se va a platicar el tópico de moda, pero también, se va a despellejar al vecino o al político. Se van a llorar penas, pero también se brinda con alegría. ¿Qué tipo de café prefiere usted? Un café fuerte y amargo, como el expreso o acaso, uno con leche. Tal vez un capuchino. O bien, un café helado… Continuará.

EL AUTOR

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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