ASESINOS DE VENTANAS: INICIO DE LA NOVELA

NUEVO LIBRO

Primera ventana: 1989

Me gustaba sentirme engullido por la Oscuridad. Sólo así podía esconder mis ojos relampagueantes de odio. ¿Por qué los hombres son tan necios como para aparentar una felicidad que no viven? Fiestas, comidas, risas, noches de amor… todo caretas de repugnante hipocresía. Tarde o temprano, como me pasó a mí esa noche, la Oscuridad ronda nuestra alma y sisea sus encantos.

Sí, hacía tiempo que su voz deseaba carcomerme, pero la presencia de mi madre había impedido el ascenso de su fuerza. De hecho, sólo los besos maternales y sus manos acariciando mis mejillas eran capaces de hacerme sonreír. «¡Ya verás que salimos adelante, cariño!», me decía con incansable optimismo. Y me lo repetía incluso tras las golpizas que mi padre le propinaba en sus alcohólicas locuras. Confieso que, con la poca experiencia de mi corta edad, llegué a creerme que de verdad lograríamos ser felices y que algún día mi madre y yo escaparíamos del infierno en que vivíamos. Pero esa noche, mi estúpida ingenuidad pagó muy caro su precio: el puño de mi padre derrumbó todas nuestras esperanzas. 

En la Oscuridad, con el rostro sangrante y sin vida de mi madre en mi regazo, todo el rencor de mis escasos siete años explotó con una fuerza muy superior a mí. Besé la mejilla rojiza de mi madre por última vez y me puse en pie. La Oscuridad, empecinada, me susurraba en mi interior y, por fin libre de todo obstáculo, la escuché. 

Con un frío control externo de mis movimientos, que incluso me sorprendieron a mí mismo, abrí la puerta del cuarto donde mi padre, anestesiado por el whisky, roncaba sonoramente. Me acerqué. Al ver su boca abierta y babeante supe, sin ninguna duda al respecto, qué tenía que hacer…

***

La vida de Ángel Montalvo comenzó la tarde que cumplió sus 25 años. Sentado en una playa cercana a la población francesa de Les Rouges, contemplaba el atardecer. Nadie había notado su presencia, acomodado como estaba en la hendidura de una roca que encontró tras deambular sin rumbo fijo por la costa. 

El paisaje se le antojó idílico: la brisa le lamía el rostro y el mar poco a poco se fundía con el horizonte. Incluso el sol se sonrojaba por tener que violar esa lejana unión. 

–¡Qué cursilería! –se dijo Ángel–. ¡Cómo se nota que estoy melancólico! Es como cuando leo a Dickens. ¡Odio a Dickens! Bueno… no es verdad. Me gusta mucho, pero siempre me llenan de tristeza sus personajes. Tal vez por eso me he aficionado más a Wilkie Collins.

Volvió la mirada al paisaje. Un poco a su derecha, se encontraba el yate de la familia a la que había espiado hacía poco y que ahora descansaba en su interior, dispuestos tal vez a pasar ahí la noche. Parecía que lo tenían todo. ¿Por qué él no podía ser así de feliz? ¿Qué condenado tornillo se había salido de la maquinaria de su existencia? Pero, después de todo, para eso había iniciado este viaje: para dar un sentido a su vida.

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Juan Antonio Ruiz

Sacerdote Legionario de Cristo dedicado a la formación y orientación de la juventud saltillense, maestro en el Instituto Alpes-Cumbres en Saltillo.

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