Que valga la alegria

La buscamos teniéndola justo en frente, justo en los detalles

Querido lector, espero ya se encuentre cómodo puesto que pretendo robarme su atención a partir de este momento en que le recuerdo que han pasado los días. La Tierra, aunque no lo sintamos, sigue girando y nosotros con ella; el Sol se aparece, se desvanece y se vuelve a aparecer. Ciclo sin fin. El tiempo no deja de correr, o eso nos han enseñado. ¿Qué es el tiempo, de todos modos? ¿Un constante medidor que nos obliga a hacer las cosas en cierto punto? ¿Unos cuántos números avanzando de forma determinada? ¿Un juicio final? Nos presionamos día con día acerca del dichoso “tiempo” para lograr todo lo que “debemos”, para seguir alimentándonos de la rutina, pensando que la vida no va más allá de lo que podemos hacer en un día común y corriente; pensando que relacionarte, conocer, ser y amar llega después de la anhelada “realización personal”.

Y la buscamos, realmente lo hacemos; queremos sentir esa esencia de plenitud y bienestar haciendo cosas que tal vez no nos gustan y, repito, la buscamos teniéndola justo en frente, justo en los detalles: relacionarte, conocer, ser, amar. Sin embargo, cuando abrimos los ojos ante tal revelación, el tiempo, o como quieran llamarle a eso que nos obliga a levantarnos por la mañana y nos atormenta con no ser capaces de recuperarlo jamás, ya pasó; y ya no es ayer cuando la inocencia nos habitaba entre pañales, cuando tuvimos nuestra primera sorpresa, nuestro primer libro, nuestro primer llanto desamparado al darnos cuenta que, si lo permitimos, todo puede lastimarnos. Ya no es ayer cuando, por primera vez, nos enamoramos perdida y profundamente, llenándonos de la sensación y dejando que se apodere de nuestras ideas, nuestros ojos, nuestra mente y cuerpo; dejándonos suceder. Pero ya no es ayer cuando todo esto tuvo lugar, sino hace ya unos cuántos años que no siempre se reflejan en la superficie de cualquier espejo; y quizás ver llover, por ejemplo, siga siendo cosa de dos, aunque quien ahora sea la fiel compañía lleve por nombre “soledad”… Y comenzamos a extrañar(nos).

Quiero creer que todos vivimos y somos conscientes del presente que nos rodea, aunque a veces quiera, personalmente, contarme otras cosas; como dijo alguien alguna vez: “Todos nos engañamos con la mentira que más nos gusta”. No obstante, querido lector, vivimos en un infinito romance con el recuerdo, bailando de su mano el vals de la nostalgia. Esa, justo ahí, es nuestra más grande bendición y condena: recordarlo todo. ¿Y cómo no extrañar? ¿Cómo no extrañar si los momentos se sienten tan breves y procuramos hacerlos eternos? Cuando algo cesa de ser, tendemos a querer inmortalizarlo, convirtiéndolo en un escrito, en un lugar, una canción, una flor de color naranja, un consejo, una hora determinada, una sudadera, un domingo por la tarde, un árbol, un cigarro, algo que nos permita vivirlo de nuevo.

Y lloramos, claro que lo hacemos. ¿Cómo “olvidar” algo o alguien que estuvo durante tanto? Es normal, es humano y real. Lamento que se hayan creído que “los hombres no lloran” o que “llorar es para los débiles”, pues ni siquiera me voy a poner a discutir un par de aseveraciones sin fundamento, sin lógica y sin sentido. No es malo extrañar ni extrañarse, es inevitable; sin embargo, recordemos que ese ayer de nuestras entrañas fue alguna vez un “hoy” misterioso, inesperado, “rutinario”, maravilloso, tomándonos desprevenidos y marcándonos de por vida. Todos los días pueden ser ese día que recordarás el resto de tu existencia, así que mejor hacer de ellos algo que valga la alegría y nunca la pena.

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