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/ 16 agosto 2026

UNA VIDA POR OTRA

Una reflexión sobre la gratitud, la fe y la paz que llega cuando dejamos de intentar controlar aquello que no está en nuestras manos.

La semana pasada les platiqué por qué le pedí unas vacaciones a Dios. Quería tiempo para mí, para disfrutar, viajar y vivir la vida que siempre había soñado. Sentía que ya tenía “todo” lo que quería.

Ese fue un error muy grande, porque no importa si tengo o no tengo: Jesús murió en la cruz para salvarme, para que yo pueda ir al cielo; él intercambió su vida por la mía, y por eso yo debo estar siempre agradecida.

Imagina que te están quitando tu casa porque ya no tienes dinero para pagarla, y llega un amigo y te regala el dinero para pagarla. Estarías por siempre agradecido con esa persona, ¿verdad? Y lo visitarías aun con más alegría, y cuidarías de esa amistad con mucho cariño. No te imagino alejándote de él, ni dándole la espalda. Bueno, así es con Jesús.

Estando en misa hace unos días, poniendo realmente atención, me di cuenta de algo muy personal.

Hay una frase en el Credo que dice: “Por nuestra causa fue crucificado, muerto y sepultado...”

Durante mucho tiempo mi corazón la interpretaba como “por nuestra culpa”. Eso me hacía sentir responsable de su sufrimiento y, sinceramente, no me sentía merecedora de un sacrificio tan grande.

Ahora, cuando veo a Jesús crucificado, ya no pienso en culpa. Veo un amor desbordante, porque estuvo dispuesto a sufrir y a morir para que tú y yo pudiéramos entrar al cielo.

Entonces comprendí que seguir a Jesús no nace de la obligación, sino del amor.

Ese mismo amor me llevó a descubrir otra cosa.

Muchas veces pensamos que Dios NO nos escucha o nos ha abandonado porque le pedimos algo y no nos lo concede (me ha pasado mucho); entonces empiezas a perder la fe y, por consecuencia, te alejas.

Recientemente aprendí que, en lugar de darle vueltas durante horas a algo que me preocupa, debo hacer algo tan sencillo como esto:

1. Reconocerlo:

“Señor, estoy preocupada”.

2. Nombrarlo:

“Tengo miedo por mi salud”.

“Tengo miedo por mi futuro”.

3. Entregarlo:

“Te doy este miedo. Yo no puedo controlar el mañana; tú sí”.

4. Elegir confiar:

Y cada vez que el pensamiento vuelva (porque volverá), en vez de pelear con él, repetir:

“Jesús, esto ya está en tus manos”.

Tal vez Jesús no resolverá de inmediato lo que te preocupa, o tal vez eso nunca llegue, pero si haces esto, lo que va a llegar es paz a tu corazón. Y tener paz es aun mejor que tener alegría.

Tener paz es no sufrir por algo, es no necesitar de algo, y tu vida se vuelve más liviana. Es como cuando tienes hambre y comes: ¡qué hermosa satisfacción! No sabes explicarla, pero se siente muy bien.

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