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/ 9 agosto 2026

CREÍA QUE CONOCÍA A DIOS

Una reflexión sobre cómo una vida llena de logros y experiencias puede alejarnos de lo esencial, y cómo volver a Dios transforma la manera de entender las pérdidas, la enfermedad y la esperanza.

Hace dos años, mientras platicaba con el Padre Mario Cruz, le dije:

—Si Dios me llamara hoy, ya estoy lista. He vivido una vida que cualquier persona habría considerado muy feliz.

Recuerdo que me respondió sorprendido:

—¿En serio? Yo no me siento listo.

Durante mucho tiempo pensé que, si llegaba al cielo, le diría a Dios: “Gracias por todo lo hermoso que he vivido”.

Hoy entiendo que esa respuesta hablaba más de lo que yo valoraba que de lo que realmente había en mi corazón.

Y, aunque me cueste admitirlo, hoy esa respuesta me da vergüenza.

Porque mi felicidad estaba construida sobre los tesoros de la tierra.

Se medía en viajes, logros, amistades, proyectos, experiencias y posesiones.

No eran cosas malas. El problema era que ahí estaba mi corazón. En lo material y no en Dios. Me olvidé de Él. Ya no lo visitaba, ya no platicaba con Él, ya no le agradecía.

Y me acordé de la historia del rey Salomón. Cuando Dios le preguntó qué deseaba, Salomón no pidió riquezas ni poder; pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. Y Dios no solo le concedió sabiduría, sino también riquezas y honor (1 Reyes 3:9-13).

Al principio, Salomón dependía de Dios.

Pero con el paso del tiempo, rodeado de poder, riqueza y prestigio, su corazón comenzó a alejarse. La Biblia dice: “Cuando Salomón envejeció, sus mujeres desviaron su corazón tras otros dioses, y su corazón ya no fue completamente del Señor” (1 Reyes 11:4).

Su historia me hizo preguntarme si a mí me había pasado algo parecido.

Durante varios años estuve muy cerca de Dios. Iba a misa todos los días. Leía los domingos y eso me hacía feliz.

Pero un día le dije al Padre Mario que quería “tomarme vacaciones”. Quería un año para mí. Disfrutar los fines de semana, viajar sin preocuparme por regresar a Saltillo para leer en misa.

Hoy veo esa conversación con otros ojos.

Estaba cerca de Dios, pero no lo había dejado entrar realmente en mi vida.

Porque cuando alguien ocupa el primer lugar en tu corazón, no sientes la necesidad de tomar vacaciones de Él.

Aquel año terminó convirtiéndose en cinco.

Y poco a poco, sin darme cuenta, seguí construyendo una vida muy bonita... pero cada vez más lejos de Dios.

Después llegó la enfermedad.

Y con ella llegaron pérdidas que nunca imaginé vivir.

Durante mucho tiempo pensé que perder era una de las formas más dolorosas de la vida.

Perder una etapa.

Perder una versión de mí. Perder amistades.

Perder la seguridad de saber quién era y hacia dónde iba.

Sentía que Dios me estaba quitando demasiado.

Hasta que empecé a mirar mi historia desde otro lugar.

A veces Dios no te quita para dejarte vacío.

A veces te quita para hacer espacio.

Espacio para volver a encontrarte con el.

Hoy veo mi enfermedad como una oportunidad para conocer a Jesús de verdad.

No solamente para saber quién es.

Sino para caminar con Él.

Durante años pensé que conocía a Dios porque yo entraba en su casa. Hoy entiendo que todo cambió el día que lo dejé entrar en la mía.

Hay algo que me llena de esperanza.

Jesús nunca deja de esperar.

No importa si fue un año, cinco o veinte.

Cuando decidimos volver, Él sigue ahí.

Esperándonos con los brazos abiertos.

Jesús nos hace una promesa que hoy abrazo con todo mi corazón: “Al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera” (Juan 6:37).

Si al leer estas líneas descubres que te pareces un poco a la persona que yo era, quiero decirte algo que primero tuve que aprender yo.

No es tarde.

No importa cuánto tiempo haya pasado.

Siempre se puede volver.

Porque al final, el camino al cielo no es una idea, ni un lugar, ni un conjunto de buenas obras.

Jesús mismo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).

Él es el camino al cielo.

Y sigue llamándonos por nuestro nombre.

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