¿Una persona puede cambiar?
Es una pregunta que nos hacemos mucho.
Hay quienes dicen que no, que nuestra esencia nunca cambia, que somos producto de cómo nos educaron, de lo que vivimos y de la persona que aprendimos a ser.
Yo sí creo que podemos cambiar.
Porque de los errores se aprende. Porque las experiencias difíciles nos hacen crecer, madurar, formar carácter y, muchas veces, descubrir una versión de nosotros que no conocíamos.
Claro que no todos aprovechan las tormentas para convertirlas en arcoíris. Pero que somos capaces de hacerlo, lo somos.
¿Y cómo se empieza?
Mirando lo sucedido, pero no para castigarnos. Para entender.
¿En qué me equivoqué? ¿Qué pude haber hecho diferente? ¿Qué puedo mejorar? Y, sobre todo, ¿qué aprendizaje me dejó?
Y hay algo más que podemos hacer: caminar ese proceso con Dios.
Si estás pasando por un divorcio, una pérdida, una decepción, una enfermedad, o cualquier momento difícil, ¿por qué atravesarlo a solas? Ve a misa. Cuéntale a Dios cómo te sientes, qué te duele, háblale y pídele que te ayude a atravesar ese momento.
Pero debes saber que, muchas veces, Dios no te quitará por arte de magia el dolor ni la dificultad, porque precisamente está usando eso para moldearte.
Si te lo quita, la persona en la que te has de convertir no llegará.
Solo recuerda, la tormenta no llega para destruirte. Llega para transformarte.
Muchas veces conocemos a las personas como:
”El alcohólico.”
”La problemática.”
”El que fracasó.”
”La que hizo aquello.”
Pero Jesús nos enseña:
No minimices a una persona por su tropiezo. Porque esa historia todavía no termina.
Y si, todos nos hemos equivocado, y la mayoría pasaremos por tormentas, pero tú no eres la tormenta ni tu equivocación. Eres lo que sale de ella.
La pregunta no es si podemos cambiar.
Es si estamos dispuestos a hacerlo.
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