Tengo graves y tremendas omisiones en mi vida. Como siempre. Soy un ignorante en todo, seamos francos. Una de ellas: leo poca literatura sobre historia. En general. Y la verdad, no me disgusta la historia, pero el tiempo apremia en mi vida y no tengo espacio suficiente para nutrirme de todo. Mis ojos ya están agotados (llevo tres operaciones en los dos, creo recordar) y pues es necesario descansar.
Pero caray, cuando caen en mis manos libros bien escritos, con fina y pulcra prosa y amén de ello, harto interesantes, pues empiezo a estirar el hilo y sí, quiero saber todo de dicho tema en cuestión. Es lo que me ha pasado. En viaje relámpago a Monterrey fui por algunos libros que pedí allá en una librería. Pero al pasar por un kiosco de periódicos y revistas (ya a punto de desaparecer del mapa urbano, puf), había el lanzamiento de una colección de libros sobre los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial, el mayor conflicto bélico hasta hoy, del siglo XX. En este siglo XXI, no dudo, la humanidad va a desaparecer. Y sin escándalos.
Son una colección de biografías donde se combina la vida y narrativa de los protagonistas, con sus hazañas bélicas. La colección (va en su cuarta entrega) recorre a héroes y claro, también a monstruos y villanos: Benito Mussolini, Stalin, Sandro Pertini, Yamamoto, Erwin Rommel, Hitler, Alan Turing y un largo, largo etcétera. Imposible e imperdible no comprar dicha colección. Abrí uno de los tres primeros ejemplares. Fue al azar. La biografía de Winston Churchill.
Recordaba una estampa biográfica sobre Churchill la cual había leído hacía meses. Fui al librero y sí, encontré dicha revista. En ella, varios periodistas, familiares, escritores hacen un collage colectivo para acercarnos la figura de un hombre poderoso al cual se le adjudica la victoria de la Segunda Guerra Mundial. Un hombre de semejante inteligencia, complexión y con el mundo en sus espaldas (literal) ¿Qué comía, qué bebía?
John S. Churchill, nos deletrea en un extraordinario texto, la dieta del súper hombre llamado Winston Churchill: dormía sólo seis horas. Desayunaba un plato de carne. El almuerzo (comida aquì) lo bañaba con hartas y generosas raciones de champaña, remataba con oporto, coñac y un puro. A las cinco tomaba el clásico té... pero lo “saboreaba” con whisky y agua gaseosa. ¿La opulenta cena? Una vez más rociada con champaña, oporto y coñac, seguido claro, de nuevos puros kilométricos. Luego, se retiraba a escribir hasta las dos o tres de la madrugada, con libaciones de whisky... A esto se le llama vida.