Los días pasaban como pasan las horas, los minutos y los segundos. Se escuchaba el tic tac del reloj, cambiaba la hoja del calendario y, de repente, también cambiaban las estaciones del año... y yo, sin darme cuenta.
A veces el invierno me consumía y salir de la melancolía parecía imposible. La primavera, en cambio, me regalaba un poco de alegría; me recordaba sueños que seguían ahí, esperando salir. Me daba miedo liberarlos, aunque algunos lograban escapar del modo automático en el que vivía.
El verano se sentía ligero, salvo en los días de calor intenso, esos que me agotaban y me hacían extrañar el aire fresco y la calma de los días grises. El calor obliga a salir de casa y también de la apatía, aunque termina tan rápido como empieza.
El otoño siempre ha sido mi estación favorita, mi momento para reflexionar y ordenar. ¿Qué ordenaba? No lo sé. No había claridad ni afuera ni dentro de mí. Quizá me preparaba para volver a empezar ese ciclo de dudas, angustias y silencios.
Sabía que tenía que hacer algo, moverme, cambiar aunque fuera un poco. Porque la apatía cansa más que la acción y, cuando uno se mueve, algo cambia.
Y me moví. También me movieron. Poco a poco comenzaron a suceder cosas pequeñas. Descubrí que no todos los cambios tienen que ser drásticos; los pasos pequeños también cuentan.
Empecé a tomarme en serio. No porque antes no lo hiciera, sino porque muchas veces me dejaba al final. Encontré un balance sin obsesionarme con el ejercicio o el trabajo y dejé de escuchar tanto a mis pensamientos negativos.
Comencé a darme tiempo para pensar en lo que me gusta, escuchar música, descansar sin culpa y preguntarme cuánto tiempo dedicaba realmente a disfrutarme. Organicé mis días para dejar espacio a lo simple y a lo que me hacía bien.
Quizá suene cursi, pero empecé a romantizar mi rutina: usar ropa que me hiciera sentir cómoda, mover mi cuerpo sin pensar en resultados, dejar de compararme y entender que cada quien tiene su propio ritmo.
También redefiní mi idea de felicidad, éxito y productividad. Dejé de pedir perdón por ser sensible, vulnerable o diferente. Entendí que no quiero estar en lugares donde no reconozcan mi valor y aprendí a confiar más en mis ideas.
Entonces empecé a disfrutar los días sin esperar el fin de semana, a observar las estaciones como realmente son: cambios constantes que también hablan de nosotros y de la manera en que aprendemos a florecer.
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