El perdedor que ganó

 Es la primera final deportiva que veo en la que hay dos ganadores

 El patio del colegio vibraba con la emoción. Los dos protagonistas de esta final de penales tienen ocho años.  En el arco, uno de los profesores de educación física de primaria, que ha estado acompañando la competición desde el inicio. Pedro, de ojos atentos, y Santiago, rubio y de clara sonrisa, se baten a duelo en esta competición de penales en un rally que se organizó dentro del colegio, con todos los alumnos -desde Bachi hasta primero de primaria- formando equipos transversales. ¿Alguien pensó en tensión o nervios? El cielo despejado se había tapado con algunas tímidas nubes, que no querían perderse semejante final. Y no se pueden ocultar el orgullo futbolístico de Pedro, ferviente defensor de Rayados, y la ilusión de Santi que no deja de soñar con la victoria, como su equipo recientemente proclamado campeón, el Santos. Luego de varias rondas de penales para definir, Pedro llevaba ventaja sobre su contrincante y… mandó la pelota afuera. Hasta aquí, nada extraño; cosas del fútbol.

Cara y cruz, victoria y derrota, gritos, abrazos y felicitaciones para uno; aparente resignación para el otro. Pero algo se salió del esquema. Algo distinto pasó: Santi se había olvidado de su papel de perdedor. Aunque había sido vencido, salió corriendo a felicitar a Pedro con la misma velocidad con lo que lo hicieron los suplentes del banquillo; nadie pensaría que era del equipo contrario: lo abrazaba, saltaba de alegría con Pedro sin que éste pudiese creer lo que estaba pasando: ¡había ganado al favorito! ¡Falta la foto!, intentó gritar alguien, con la frustración de no ser escuchado. Típico descontrol previo al momento en el que se iba a inmortalizar la mejor imagen del día: Pedro, exultante, pasaba el brazo sobre el hombro de Santi, ése que minutos antes no era sino el enemigo a vencer.

Pero pocos se dieron cuenta del detalle: Santi, el que siempre gana y nunca pierde, abrazó y festejó a Pedro, el vencedor. Es la primera final deportiva que veo en la que hay dos ganadores. Si en la mesa y en el juego se conoce al caballero, aquí hay dos grandes. Si en el Cumbres de Saltillo enseñan a agradecer los triunfos de los demás como si fueran propios, ahora entiendo porque allí son todos ganadores y nadie pierde. Les doy las gracias por este sencillo ejemplo, pues yo también quiero ganar; supongo que el que agradece siempre gana, nunca pierde. Y Pedro, hoy, se convirtió en ese perdedor que ganó.

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