Especialistas
/ 1 noviembre 2026

UNA ÚLTIMA COPA

Un recorrido por la historia de las bebidas en las ofrendas del Día de Muertos revela cómo una botella puede convertirse en un símbolo de memoria, cariño y reencuentro con quienes ya no están.

Cada año, siguiendo la tradición, montamos altares de muerto, eligiendo con cuidado aquello que formará parte de él. Las flores de cempasúchil, el pan, las velas, los platillos favoritos y la bebida de preferencia de quien estamos honrando.

Detrás de este gesto usual en nuestra cultura, se encuentra una pregunta que nos remonta a nuestros orígenes: ¿Desde cuando la bebida forma parte de la manera de relacionarnos con nuestros muertos?

Mucho antes de que el tequila y el mezcal se convirtieran en algo intrínseco al mexicano, el pulque era el que ocupaba su lugar en distintas sociedades mesoamericanas. Por ejemplo, en la cultura mexica, su consumo estaba sujeto a normas sociales y formaba parte de las ofrendas en ceremonias para sus deidades. La festividad de Tepeilhuitl, estaba vinculada a determinadas concepciones sobre los muertos, contenía el pulque en ceremonias y ofrendas en aquel universo religioso. Este evento no se considera equivalente a lo que hoy conocemos como Día de Muertos, pero nos revela que desde la antigüedad en lo que hoy es México, las bebidas trascendían su cotidianidad y se utilizaban como una forma de relacionarse con lo sagrado.

Con la llegada de los españoles, las prácticas religiosas indígenas comenzaron a convivir con celebraciones católicas, como lo fueron las de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Se adoptaron en la cultura y se transformaron de manera distinta en cada región, algunas persistiendo hasta el día de hoy. El pulque continuó siendo parte de la vida mexicana. Existen referencias históricas de que se incluía en panteones durante celebraciones de muertos en épocas posteriores a la conquista.

No podemos afirmar que la botella que en la actualidad colocamos en el altar descienda directamente de aquellas antiguas ceremonias. Entre ambos hay siglos de transformaciones culturales, pero la historia nos permite reconocer el que, por siglos, hemos entrelazado la ofrenda de la bebida con la muerte.

Hoy, pocas personas piensan en las antiguas ceremonias del pulque cuando colocan una botella en el altar. Lo hacen porque era la bebida favorita de su padre, porque su abuelo siempre cenaba con una cerveza o porque su ser querido siempre llevaba mezcal a las fiestas. La botella tiene un significado más allá de su contenido. Es un recuerdo que nos hace sentir que tenemos la oportunidad de compartir con ellos una vez más.

Quizá esto sea lo más conmovedor de esta tradición. Cambian las bebidas, cambian los tiempos, y cambia la manera de honrar a nuestros muertos. Pero cada noviembre, sin falta, tenemos reservado un lugar especial para quienes ya no están. Esperamos que, aun después de la muerte, regresen aunque sea un día a compartir con nosotros una última copa.

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